Unos dulces
La tarde venía mansa. Los mates calientes dibujaban en el aire humeante y hacían combo con la lluvia, que a borbotones chocaba contra el ventanal exigiendo su derecho a entrar a la casa. El tercer mate para Damián vino acompañado de una sensación y de un periplo. Es curioso, porque únicamente en este mate, Damián derramó sin querer una cantidad excesiva de azúcar.
Así fue cómo la yerba con el paso de las aguas calientes, desprendiera alcaloides que viajaran directamente a los neurotransmisores del sistema límbico, que a su vez tuviera una carga emocional pendiente de descarga, y al que por medio de este efecto le diera el empujón eléctrico que faltara para activar la sensación.
En ese mate Damián, que era un tipo ansioso, cerró los ojos y se acordó de que estaba vivo, y se vio afectado por una sensación profusa, abundante, que le tomó un tiempo poner en palabras. Una frase se posó en su cabeza, pero no como una mariposa sino como una mosca de fruta. Como un aleteo que se sentía ruidoso y agudo se posó. Se instaló ahí y se posó, al punto que no se le iba de la cabeza. En un suspiro cerró los ojos, porque creyó que debía hacerlo para conectarse con la frase. Tss, escuchó. Tss, de nuevo, pero más agudo y más fuerte. Todavía sin mediar palabras trató de abrir los ojos pero no pudo, los tenía pegados como una compuerta de seguridad que cierra desde arriba y desde abajo al mismo tiempo. Si bien era época de conjuntivas irritadas y con bichos, esto no era eso. Quería volver a abrirlos para reincorporarse y darle forma a la idea, y así de paso sacársela de la cabeza por medio de la boca y escupirla, como si la idea fuera la mosca de la fruta y él se la hubiera comido. Quería, y sin embargo no podía.
Recién tras varios intentos infructuosos logró abrir los ojos, y se sorprendió de que al quinto lo haya logrado sin problemas. Al abrir la compuerta de seguridad que se proyectaba a partir de sus conjuntivas, se vio en una oficina y se sintió pequeño, lo cual le pareció curioso y confuso a la vez.
Trató de mirarse las manos pero no las encontró. En su lugar había un número en un papel rectangular grande, de fondo rosado, con los contornos con líneas punteadas y los bordes como levemente arrancados, y con un número en letras negras y gordas: mil cuatro. Naturalmente, y a pesar del gran tamaño del papel, reconoció en él la forma de un número, de esos que se dan en las rifas y en las farmacias, y en los correos y en las carnicerías para año nuevo, pero no en el amor. Quizás, esa familiaridad fue algo de lo que se aferró para entender e interpretar la situación, pues si había un número, y había una oficina, tal vez hubiera otras naderías conocidas. En efecto, de pronto vio que oía.
-¡Novecientos!- dijo una voz de tono electrizante. Entendió que tenía tiempo para echar un vistazo y comprender mejor la situación, pues el novecientos distaba bastante del mil cuatro. Vio unas ventanillas vidriadas, con un círculo vacío en el medio y separadas por paredes finas como durlock, y se acordó de los cines y de las entradas, y de los bancos y de las colas y de sacar plata, pero no de las amistades. Posiblemente de ahí viniera la voz que escuchó. Después vio unas sillas de plástico color negro sujetadas a un caño recto, que iba por debajo de todas ellas y formaba una fila. No se sentó, le quedaban grandes, muy grandes. Hubieran entrado mil como él en sólo una de las sillas, y aun hubiera sobrado espacio en el respaldo para apoyarse. Se preguntó quiénes podrían sentarse ahí, pero no vio a nadie para responder su pregunta.
-¡Mil cuatro! -dijo la voz -¡Vamos, mil cuatro!- apuró. Él sabía que de alguna manera estaba identificado con ese número, así que se acercó a la ventanilla de donde escuchó el llamado, con la intención de encontrar ahí alguna respuesta.
- Buenas tardes- dijo él. -Qué frío que está haciendo ¿no?- agregó; no quería parecer descortés con la única persona de ahí que parecía tener algo para decirle.
- ¿Buenas tardes? ¿Qué frío? Usted verdaderamente está loco o no es de acá, porque no es de tarde ni hace frío- dijo la voz al otro lado del redondel agujereado de la ventanilla, en un tono entre irritado y de sorna, definitivamente poco amigable.
- Ahora dígame, ¿a qué vino?-
- No sé, pensé que justamente usted me iba a saber decir mejor. Me tomé un mate, cerré los ojos y...
- A ver... déjeme ver. Espere eh, espere. Hágame el favor y váyase por el pasillo, que no tengo tiempo para insensateces, siempre es lo mismo, que estaba haciendo algo y de repente... Siga por el pasillo de atrás hasta la oficina del fondo.
No podía dejar de pensar -y de no entender- todo lo que le venía pasando y en cómo habría llegado hasta ahí, ni siquiera qué forma tenía, porque no había un espejo, ni puertas que señalaran un baño. Mucho menos precisar cuánto tiempo habría pasado desde que llegó a esa oficina hasta que terminó de hablar con la persona de la ventanilla. Tal vez media hora, o veinte minutos. Tal vez un segundo.
Como sea, frente a la contundencia del mensaje recibido le fue imposible desobedecer, tal vez porque le dio un poco de miedo, una pizca de espanto.
En eso escuchó de nuevo a la voz electrizante, que a través de la ventanilla decía:
- ¡Mil cuatro! Acá tiene lo suyo ¡Venga a buscarlo!-
Y escuchó de atrás un ruido a algo, a otra cosa.
Sin embargo se detuvo en el mensaje que escuchó: "¿Lo mío? ¿Cómo lo mío? ¡Si ni siquiera tengo claro qué soy!" pensó Damián. Y quiso saber de qué se trataba, al menos para sumar una pieza más al rompecabezas. Entonces dio la vuelta, y vio algo que lo descolocó aun más todavía: una pelota gigante, muy gigante, negra y peluda, que venía rodando desde la oficina de la que él acababa de salir, y que a gatas pudo esquivar para no ser aplastado. Tenía la forma patente de la angustia. Aquella bola le hizo olvidar de un plumazo todo lo que creía haber reconocido y que le ofrecía una mínima sensación de confort: el número, la ventanilla, el durlock, el redondel, incluso la voz de estereotipo de empleado público que lo atendió, los bancos, la farmacia, todo, menos el amor. Fue uno de esos momentos de pasmo absoluto. Aquella bola negra que lo doblaba en tamaño unas mil veces y que hubiera podido aplastarlo con facilidad de haberse sentado en la silla luego de él, estuvo a punto de arrollarlo por completo. Por un segundo se agazapó en un rincón, justo en el vértice de un zócalo. Se guareció ahí a esperar que pasara la bola, y a rezar que no se desplomara sobre él.
Cuando abrió los ojos, pero de verdad los abrió, escuchó la lluvia nuevamente, y escupió una frase al aire sin que quede claro quién la dijo, pero que sin dudas le calaba aun más hondo justo ahí, en ese huequito, que no era farmacia, ni banco, ni ventanilla, ni rifa, ni durlock ni plata: "ya va un año sin vos, y sigo extrañando tus mates dulzones como el primer día".
Mientras tanto, la lluvia seguía chocando en el ventanal a borbotones, exigiendo su derecho a entrar a la casa, y haciendo combo con los dibujos del aire humeante del mate, que estaba empapado de azúcar.
Así fue cómo la yerba con el paso de las aguas calientes, desprendiera alcaloides que viajaran directamente a los neurotransmisores del sistema límbico, que a su vez tuviera una carga emocional pendiente de descarga, y al que por medio de este efecto le diera el empujón eléctrico que faltara para activar la sensación.
En ese mate Damián, que era un tipo ansioso, cerró los ojos y se acordó de que estaba vivo, y se vio afectado por una sensación profusa, abundante, que le tomó un tiempo poner en palabras. Una frase se posó en su cabeza, pero no como una mariposa sino como una mosca de fruta. Como un aleteo que se sentía ruidoso y agudo se posó. Se instaló ahí y se posó, al punto que no se le iba de la cabeza. En un suspiro cerró los ojos, porque creyó que debía hacerlo para conectarse con la frase. Tss, escuchó. Tss, de nuevo, pero más agudo y más fuerte. Todavía sin mediar palabras trató de abrir los ojos pero no pudo, los tenía pegados como una compuerta de seguridad que cierra desde arriba y desde abajo al mismo tiempo. Si bien era época de conjuntivas irritadas y con bichos, esto no era eso. Quería volver a abrirlos para reincorporarse y darle forma a la idea, y así de paso sacársela de la cabeza por medio de la boca y escupirla, como si la idea fuera la mosca de la fruta y él se la hubiera comido. Quería, y sin embargo no podía.
Recién tras varios intentos infructuosos logró abrir los ojos, y se sorprendió de que al quinto lo haya logrado sin problemas. Al abrir la compuerta de seguridad que se proyectaba a partir de sus conjuntivas, se vio en una oficina y se sintió pequeño, lo cual le pareció curioso y confuso a la vez.
Trató de mirarse las manos pero no las encontró. En su lugar había un número en un papel rectangular grande, de fondo rosado, con los contornos con líneas punteadas y los bordes como levemente arrancados, y con un número en letras negras y gordas: mil cuatro. Naturalmente, y a pesar del gran tamaño del papel, reconoció en él la forma de un número, de esos que se dan en las rifas y en las farmacias, y en los correos y en las carnicerías para año nuevo, pero no en el amor. Quizás, esa familiaridad fue algo de lo que se aferró para entender e interpretar la situación, pues si había un número, y había una oficina, tal vez hubiera otras naderías conocidas. En efecto, de pronto vio que oía.
-¡Novecientos!- dijo una voz de tono electrizante. Entendió que tenía tiempo para echar un vistazo y comprender mejor la situación, pues el novecientos distaba bastante del mil cuatro. Vio unas ventanillas vidriadas, con un círculo vacío en el medio y separadas por paredes finas como durlock, y se acordó de los cines y de las entradas, y de los bancos y de las colas y de sacar plata, pero no de las amistades. Posiblemente de ahí viniera la voz que escuchó. Después vio unas sillas de plástico color negro sujetadas a un caño recto, que iba por debajo de todas ellas y formaba una fila. No se sentó, le quedaban grandes, muy grandes. Hubieran entrado mil como él en sólo una de las sillas, y aun hubiera sobrado espacio en el respaldo para apoyarse. Se preguntó quiénes podrían sentarse ahí, pero no vio a nadie para responder su pregunta.
-¡Mil cuatro! -dijo la voz -¡Vamos, mil cuatro!- apuró. Él sabía que de alguna manera estaba identificado con ese número, así que se acercó a la ventanilla de donde escuchó el llamado, con la intención de encontrar ahí alguna respuesta.
- Buenas tardes- dijo él. -Qué frío que está haciendo ¿no?- agregó; no quería parecer descortés con la única persona de ahí que parecía tener algo para decirle.
- ¿Buenas tardes? ¿Qué frío? Usted verdaderamente está loco o no es de acá, porque no es de tarde ni hace frío- dijo la voz al otro lado del redondel agujereado de la ventanilla, en un tono entre irritado y de sorna, definitivamente poco amigable.
- Ahora dígame, ¿a qué vino?-
- No sé, pensé que justamente usted me iba a saber decir mejor. Me tomé un mate, cerré los ojos y...
- A ver... déjeme ver. Espere eh, espere. Hágame el favor y váyase por el pasillo, que no tengo tiempo para insensateces, siempre es lo mismo, que estaba haciendo algo y de repente... Siga por el pasillo de atrás hasta la oficina del fondo.
No podía dejar de pensar -y de no entender- todo lo que le venía pasando y en cómo habría llegado hasta ahí, ni siquiera qué forma tenía, porque no había un espejo, ni puertas que señalaran un baño. Mucho menos precisar cuánto tiempo habría pasado desde que llegó a esa oficina hasta que terminó de hablar con la persona de la ventanilla. Tal vez media hora, o veinte minutos. Tal vez un segundo.
Como sea, frente a la contundencia del mensaje recibido le fue imposible desobedecer, tal vez porque le dio un poco de miedo, una pizca de espanto.
En eso escuchó de nuevo a la voz electrizante, que a través de la ventanilla decía:
- ¡Mil cuatro! Acá tiene lo suyo ¡Venga a buscarlo!-
Y escuchó de atrás un ruido a algo, a otra cosa.
Sin embargo se detuvo en el mensaje que escuchó: "¿Lo mío? ¿Cómo lo mío? ¡Si ni siquiera tengo claro qué soy!" pensó Damián. Y quiso saber de qué se trataba, al menos para sumar una pieza más al rompecabezas. Entonces dio la vuelta, y vio algo que lo descolocó aun más todavía: una pelota gigante, muy gigante, negra y peluda, que venía rodando desde la oficina de la que él acababa de salir, y que a gatas pudo esquivar para no ser aplastado. Tenía la forma patente de la angustia. Aquella bola le hizo olvidar de un plumazo todo lo que creía haber reconocido y que le ofrecía una mínima sensación de confort: el número, la ventanilla, el durlock, el redondel, incluso la voz de estereotipo de empleado público que lo atendió, los bancos, la farmacia, todo, menos el amor. Fue uno de esos momentos de pasmo absoluto. Aquella bola negra que lo doblaba en tamaño unas mil veces y que hubiera podido aplastarlo con facilidad de haberse sentado en la silla luego de él, estuvo a punto de arrollarlo por completo. Por un segundo se agazapó en un rincón, justo en el vértice de un zócalo. Se guareció ahí a esperar que pasara la bola, y a rezar que no se desplomara sobre él.
Cuando abrió los ojos, pero de verdad los abrió, escuchó la lluvia nuevamente, y escupió una frase al aire sin que quede claro quién la dijo, pero que sin dudas le calaba aun más hondo justo ahí, en ese huequito, que no era farmacia, ni banco, ni ventanilla, ni rifa, ni durlock ni plata: "ya va un año sin vos, y sigo extrañando tus mates dulzones como el primer día".
Mientras tanto, la lluvia seguía chocando en el ventanal a borbotones, exigiendo su derecho a entrar a la casa, y haciendo combo con los dibujos del aire humeante del mate, que estaba empapado de azúcar.
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