Abandonada a sí misma
Catorce sillas había en aquel lugar. Por decisión de los rayos del sol se las podía ver únicamente a contraluz, dificultándose distinguir más allá de sus contornos y espesores. Entre todas, una llamaba la atención por motivos aún poco claros. Era de madera, se la veía firme. Conservaba en su tridimensionalidad las características de casi toda silla. Cuatro patas dispuestas por pares a cada lado y conectadas entre sí por un asiento, que desbordaba moderadamente unos centímetros hacia los costados y se veía espeso, como con ancho propio. Otorgaba la sensación de buen asiento y confiable. Ni bien se terminaba de divisar esto, empezaba el respaldo. Si bien en su nacimiento este no abarcaba todo el largo del desborde del asiento, en su desarrollo hacia arriba dejaba ver, en la parte superior, un arco que lo completaba y daba una sensación de armonía respecto de la ubicación de las patas, y con la idea amplia de la silla. No obstante, vista de frente dejaba ver un detalle mínimo, pero que t...