Audio para un amigo
Recién me acordé de vos, che ¿Cómo andás?
Estaba viendo los camiones, los tractores frenados, el verde que va tomando el paisaje, el pasto, mucho pasto, medio amarillo por partes, y con yuyos, y algún resto de tren, cada tanto, por ahí.
Me acordé de vos porque sé que te gustaría todo esto. Hace rato no salís de la ciudad, y estas cosas te llenan el tanque. Los cipreses, los álamos, algún caballito por ahí, comiendo pasto. Cuánto pasto que hay, no sabés. Tanto que todo el pasto parece un sólo pasto, tanto yuyo un sólo yuyo, y así.
Veo todo esto, y no entiendo cómo fue que nos dimos cuenta de semejante cosa. Cómo pudimos ver que podíamos llevar un pedazo de tierra en las manos, y en la tierra un yuyo, y que siga creciendo y respirando, y tomando agua, y viviendo. O bueno, tal vez en una maceta, que es más práctico, pero el punto persiste, y en todo caso se acrecienta, porque ya ni siquiera necesitamos las manos para sostenerlo y llevarlo y dejarlo en nuestra tierra. Que igual, yo no creo que sea ni tuya ni mía, si no de las plantas, y a la vez, si la tierra es de la planta ¿por qué la planta sería mía, y no de la tierra?
Esto te encantaría, acá la vegetación se nota que es de la tierra, cosa increíble, y no del living, ni de la cocina o el lavadero. Ni siquiera de algún balcón alegre.
Entre tanto, se ve algún cartel que invita a comprar algo que no llego a ver. El cartel no es de la tierra, aunque esté clavado en ella.
También veo unas vaquitas a lo lejos, qué lindas que son. Comen pasto, se alimentan de ese verde infinito, que igual no es todo verde, porque en el medio hay algunas ramas, tierra. Pero se entiende. Bah, vos me entendés. No sabés la sensación particular que me genera ver la vida de esas vaquitas, la rutina. Las miro y comen pasto cada vez. El pasto también es de ellas, para mí. Y de los caballitos. La cuestión es que, aparentemente, los tractores y las máquinas siembran los yuyos en la tierra, para que coman los caballitos y las vacas, entonces ellas se acostumbran a esa rutina, que no es muy distinta en lo que a comer pasto se refiere, así que les sale bastante bien.
Yo me acuerdo de nuestras últimas charlas, de cuando me decías que te querías ir a la mierda, y veo todo esto, y me da mucha curiosidad saber qué pensarías vos si estuvieras acá. Si estos campos extensísimos, que el movimiento va dejando atrás para dar lugar cada segundo a una nueva extensión, te conmoverían en algún punto como a mí, si te darían la sensación de ser una hormiga, de ser un mono trajeado y entrenado.
Y en eso vuelvo a ver a las vaquitas, que son otras, pero parecen las mismas. Qué vida ¿no? Comer pasto, cagar y dormir. Un poco como allá. Nuestras ciudades comen pasto, y nosotros cagamos y dormimos. Y hacemos de todo para comer. ¿Vos viste las cosas que somos capaces de hacer, no? Y para que nos mimen, nos miren un rato, nos digan algo lindo... uf ¡ni te cuento!
Sin embargo la vaquita también sabe, porque lo sabe, y vos seguro que también lo sabés, que en algún momento ya no come más pasto. En algún momento la llaman, tal vez por el nombre, y se la llevan, la separan del rebaño, y ¡zas! no la viste más. Mirás por la ventana y hay una menos, pero no se nota. Y ves de nuevo los camiones y entendés, y de pronto el tractor, y también el cartel que vendía algo, y ya no es lo mismo ¿no?
En eso me llega de acá al lado, de una parrilla, un olor a asado que te darías vuelta. Te lo juro, y no me deja pensar. Me siento como un cocodrilo, que mira atento y lleno de baba a la zebrita que cruza el lago rezagada, pero como un cocodrilo trajeado y entrenado.
¿Vos cómo andás?
Estaba viendo los camiones, los tractores frenados, el verde que va tomando el paisaje, el pasto, mucho pasto, medio amarillo por partes, y con yuyos, y algún resto de tren, cada tanto, por ahí.
Me acordé de vos porque sé que te gustaría todo esto. Hace rato no salís de la ciudad, y estas cosas te llenan el tanque. Los cipreses, los álamos, algún caballito por ahí, comiendo pasto. Cuánto pasto que hay, no sabés. Tanto que todo el pasto parece un sólo pasto, tanto yuyo un sólo yuyo, y así.
Veo todo esto, y no entiendo cómo fue que nos dimos cuenta de semejante cosa. Cómo pudimos ver que podíamos llevar un pedazo de tierra en las manos, y en la tierra un yuyo, y que siga creciendo y respirando, y tomando agua, y viviendo. O bueno, tal vez en una maceta, que es más práctico, pero el punto persiste, y en todo caso se acrecienta, porque ya ni siquiera necesitamos las manos para sostenerlo y llevarlo y dejarlo en nuestra tierra. Que igual, yo no creo que sea ni tuya ni mía, si no de las plantas, y a la vez, si la tierra es de la planta ¿por qué la planta sería mía, y no de la tierra?
Esto te encantaría, acá la vegetación se nota que es de la tierra, cosa increíble, y no del living, ni de la cocina o el lavadero. Ni siquiera de algún balcón alegre.
Entre tanto, se ve algún cartel que invita a comprar algo que no llego a ver. El cartel no es de la tierra, aunque esté clavado en ella.
También veo unas vaquitas a lo lejos, qué lindas que son. Comen pasto, se alimentan de ese verde infinito, que igual no es todo verde, porque en el medio hay algunas ramas, tierra. Pero se entiende. Bah, vos me entendés. No sabés la sensación particular que me genera ver la vida de esas vaquitas, la rutina. Las miro y comen pasto cada vez. El pasto también es de ellas, para mí. Y de los caballitos. La cuestión es que, aparentemente, los tractores y las máquinas siembran los yuyos en la tierra, para que coman los caballitos y las vacas, entonces ellas se acostumbran a esa rutina, que no es muy distinta en lo que a comer pasto se refiere, así que les sale bastante bien.
Yo me acuerdo de nuestras últimas charlas, de cuando me decías que te querías ir a la mierda, y veo todo esto, y me da mucha curiosidad saber qué pensarías vos si estuvieras acá. Si estos campos extensísimos, que el movimiento va dejando atrás para dar lugar cada segundo a una nueva extensión, te conmoverían en algún punto como a mí, si te darían la sensación de ser una hormiga, de ser un mono trajeado y entrenado.
Y en eso vuelvo a ver a las vaquitas, que son otras, pero parecen las mismas. Qué vida ¿no? Comer pasto, cagar y dormir. Un poco como allá. Nuestras ciudades comen pasto, y nosotros cagamos y dormimos. Y hacemos de todo para comer. ¿Vos viste las cosas que somos capaces de hacer, no? Y para que nos mimen, nos miren un rato, nos digan algo lindo... uf ¡ni te cuento!
Sin embargo la vaquita también sabe, porque lo sabe, y vos seguro que también lo sabés, que en algún momento ya no come más pasto. En algún momento la llaman, tal vez por el nombre, y se la llevan, la separan del rebaño, y ¡zas! no la viste más. Mirás por la ventana y hay una menos, pero no se nota. Y ves de nuevo los camiones y entendés, y de pronto el tractor, y también el cartel que vendía algo, y ya no es lo mismo ¿no?
En eso me llega de acá al lado, de una parrilla, un olor a asado que te darías vuelta. Te lo juro, y no me deja pensar. Me siento como un cocodrilo, que mira atento y lleno de baba a la zebrita que cruza el lago rezagada, pero como un cocodrilo trajeado y entrenado.
¿Vos cómo andás?
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