Acerca del arte y su utilidad
Un amigo que escribe dijo: yo no soy más que un mago de un par de trucos. Me preocupo en aprenderle bien las jugarretas a los que juzgo mejores que yo, con el objetivo de incorporar sus mecanismos de prestidigitación, y ofrecer un momento grato a quienes me leen o me escuchan. Tal es así que al hacer mis trucos, nunca aparece nada que no hubiera existido desde antes. En definitiva, se trata de una experiencia estética, visual, una puesta en escena. Un palabrerío. No sería faltar a la verdad decir que, quien escribe, lanza una mentira a la fuente, a ver si así pasa algo. Y en eso pasa la cosa. A veces no pasa nada, y qué joda, eh. Por mi parte, decí que nací después de Cortazar, después de García Marquez, de Amano (Yoshitaka), y del Dream Team japonés de Square, que viene a ser un grupete de tipos que hacían varias cosas bien, como escribir, dibujar, diseñar. Sino, no sabría lo que sé. Sabría otra cosa, supongo. Que, la verdad, tampoco sé mucho, pero los trucos que ellos tenían eran buenos.
Tampoco es que los escritores en sí hagan mucho, dijo una vez el suegro de otro. Es más, decía, me atrevería a defender la idea de que quienes se dedican a la escritura, son de los seres más improductivos del mundo. Consumen recursos materiales para mantenerse vivos, pero no ofrecen ningún tipo de servicio o colaboración, directa ni indirecta, al mantenimiento y desarrollo de las condiciones materiales de la especie humana, a diferencia de otros trabajos, como ser la medicina, etcétera.
Es posible presentir que, al cuestionar las cosas de esa manera, algo esté apretando en los zapatos, una especie de piedra. Y todos tenemos alguna. Me refiero puntualmente a aquellas piedras que no dejan de estar nunca. Difícil decir qué forma tienen, en cambio creo que tienen tiempo, y por eso es más difícil delimitarlas. Eso lo debería hacer a uno o a una mirarse el pie, como para ver qué le pasa, no sea cosa que para evadir la piedra en cuestión se le haya licenciado en administración, y vaya en búsqueda de la eficiencia y la productividad en todo lo que ve, y fundamentalmente pretenda descartar todo lo que quede por fuera ¿vio?
Detenerse ahí para hacerle lugar a esta observación es como atestiguar ese momento en el que los ojos pasan de mirar un boxeador a otro, antes de que empiece el combate. Es un segundo que se inscribe a nivel del acontecimiento, si es que se lo invita a pasar, y con un poco de suerte, se da cuenta que el asunto está del otro lado. Se da cuenta de que hay cosas muchísimo más serias -y más vitales también- que la improductividad, o que la inutilidad. El tema pasa porque los segundos, esas cosas extrañas y elásticas, también están hechos de ausencia. Y no sólo desde lo lingüístico, que también, sino desde lo emocional, léase, hasta en las tripas. Cuando algo falta, primero se enteran los intestinos, el estómago. Y ahí está frente a eso, el arte, por ejemplo. Es que, por más que nos queramos desembarazar de ese hecho infausto acerca de los segundos y sus ausencias, el hecho persiste, y lo infausto también. El arte en última instancia, y en general en otras instancias también, ensaya formas de decir algo frente a eso, como un instinto de conservación, infructuoso pero estimulante. En orden, primero infructuoso, y después estimulante. Y yo apuesto a que esa falla es algo que suele decepcionar del arte. Y digo más, esa falla a veces es la que aleja del arte a la gente. Y no es preciso echar culpas, basta con observar. Saber que aquello que puede elevar y ofrecer una mirada diferente también exige como condición detenerse sobre cosas que no eran un problema, ya es bastante exigencia; saber eso, y encima ser consciente de que eso tampoco salva de las ausencias de la vida, y... el tipo/a pensaría, qué bajón esto ¿no? mejor me como un sandwich y organizo mi semana.
Y ni que hablar si es de esas personas que sienten que el arte, cuando no le funciona como entretenimiento, es decir, cuando no le gusta, cuando no le logra hacer olvidar el hecho futuro de la ausencia de sí mismo o de sus afectos, entonces es una estafa, y es algo que no vale la pena, casi como una promesa de algo prohibido que después evidentemente no llega, o como un contrato en el que se juega a abolir la ley, pero al final, esa ley en particular siempre vuelve sobre los cuerpos de forma ineludible. Entonces el tipo o tipa del ejemplo va, y tira por la ventana del segundo piso el libro de literatura que le regalaron, sin siquiera haberlo abierto, no sea cosa que por un segundo le saque el papel celofán, lo abra en una página aleatoria y lea algo que esté por ahí, y quede atrapado por siempre en un acertijo, en una de esas cuestiones que se pretenden ingenuas e improductivas, como por ejemplo la pregunta tanguera "¿dónde estaba Dios cuando te fuiste?", o afirmaciones como "todas las cosas y las personas aparecen disfrazadas", y termine por desgarrarse el alma por algo que en principio era simplemente una piedra inadvertida en el zapato. Si bien existen ciertas soluciones y prevenciones para el desgarro de algunos músculos, artilugios de la tecnología como cremas, yesos y férulas, el alma es otro asunto... en principio no habría que abrir libros, ni interpretar otras producciones del discurso que contengan estos riesgos, aunque se presente el dilema de cómo saberlo de antemano. No obstante, pienso que es preferible esta clase de reacciones a otras peores, y que pretenden ser mejores. Mejor que rebolee el libro por la ventana, así queda claro lo que piensa sobre andar indefenso frente a los desgarros del alma. Otros individuos, en cambio, con mucha más astucia -esto hay que concederles- e incluso con cinismo, en lugar del acto de reboleo, eligen tomar el libro, quitarle el celofán y colocarlo descaradamente en sus bibliotecas, y si tienen más de una y el libro es prestigioso, lo colocan en la que primero se vea al ingresar al recinto en el que habiten, y dicen "este es mi próximo en la lista de pendientes", aunque sepan en su foro interno que no lo van a leer nunca. Incluso hay quienes van un paso más lejos en el descaro -a partir de estos hay que empezar a cuidarse- y toman el libro, y lo abren -sin leerlo, por supuesto- y en ciertas páginas doblan las puntas del papel, y con un lápiz señalan frases aleatorias, ponen signos al lado de algunas oraciones, y hasta vuelcan café sutilmente encima, o mate, por qué no, y después dicen que lo leyeron. Y peor aun, existen ciertos seres, carentes ya del más mínimo escrúpulo, que hacen todo lo que hacían los anteriores, pero además se esmeran por hablar sobre sus hallazgos, y reseñar con pompa sus grandilocuentes aprendizajes, aun cuando estos versen sobre la humildad y el desapego como claves para tener una vida mejor. En estos casos, y contra toda predicción, si nos tomásemos unos instantes y nos aproximáramos a sus piedras en el zapato, y consecuentemente a sus almas, las veríamos deambulando, glotonas y sin haber tomado nota del más mínimo desgarro, del más mínimo sinsentido que las habita. Por eso yo prefiero a la primera clase de individuos, que en todo caso no impostan un acercamiento profundo al arte, sino que directamente no la eligen: en su lugar se visten y se van, y se compran un sándwich, o un desfibrilador, y se ponen a estudiar medicina, a organizar su semana, y etcétera.
Es que la literatura, como funcionaria del arte, si bien admite su condición de ser un oficio improductivo, también sabe ser por ejemplo, la expresión del oleaje, seductor y temible al mismo tiempo, visto desde la mirada de la niñez. En otras palabras, una forma de expresar con despojo lo que un francés nombró como asombro ante el mundo. El punto es que dicho asombro es previo a toda pretención de formateo acomodado a, por ejemplo, lo que quien lee espera encontrarse. Así queda claro que lo más importante es lo que desgarra el sentido y el texto esperado. Y esto se pone a prueba por ejemplo con.
Tampoco es que los escritores en sí hagan mucho, dijo una vez el suegro de otro. Es más, decía, me atrevería a defender la idea de que quienes se dedican a la escritura, son de los seres más improductivos del mundo. Consumen recursos materiales para mantenerse vivos, pero no ofrecen ningún tipo de servicio o colaboración, directa ni indirecta, al mantenimiento y desarrollo de las condiciones materiales de la especie humana, a diferencia de otros trabajos, como ser la medicina, etcétera.
Es posible presentir que, al cuestionar las cosas de esa manera, algo esté apretando en los zapatos, una especie de piedra. Y todos tenemos alguna. Me refiero puntualmente a aquellas piedras que no dejan de estar nunca. Difícil decir qué forma tienen, en cambio creo que tienen tiempo, y por eso es más difícil delimitarlas. Eso lo debería hacer a uno o a una mirarse el pie, como para ver qué le pasa, no sea cosa que para evadir la piedra en cuestión se le haya licenciado en administración, y vaya en búsqueda de la eficiencia y la productividad en todo lo que ve, y fundamentalmente pretenda descartar todo lo que quede por fuera ¿vio?
Detenerse ahí para hacerle lugar a esta observación es como atestiguar ese momento en el que los ojos pasan de mirar un boxeador a otro, antes de que empiece el combate. Es un segundo que se inscribe a nivel del acontecimiento, si es que se lo invita a pasar, y con un poco de suerte, se da cuenta que el asunto está del otro lado. Se da cuenta de que hay cosas muchísimo más serias -y más vitales también- que la improductividad, o que la inutilidad. El tema pasa porque los segundos, esas cosas extrañas y elásticas, también están hechos de ausencia. Y no sólo desde lo lingüístico, que también, sino desde lo emocional, léase, hasta en las tripas. Cuando algo falta, primero se enteran los intestinos, el estómago. Y ahí está frente a eso, el arte, por ejemplo. Es que, por más que nos queramos desembarazar de ese hecho infausto acerca de los segundos y sus ausencias, el hecho persiste, y lo infausto también. El arte en última instancia, y en general en otras instancias también, ensaya formas de decir algo frente a eso, como un instinto de conservación, infructuoso pero estimulante. En orden, primero infructuoso, y después estimulante. Y yo apuesto a que esa falla es algo que suele decepcionar del arte. Y digo más, esa falla a veces es la que aleja del arte a la gente. Y no es preciso echar culpas, basta con observar. Saber que aquello que puede elevar y ofrecer una mirada diferente también exige como condición detenerse sobre cosas que no eran un problema, ya es bastante exigencia; saber eso, y encima ser consciente de que eso tampoco salva de las ausencias de la vida, y... el tipo/a pensaría, qué bajón esto ¿no? mejor me como un sandwich y organizo mi semana.
Y ni que hablar si es de esas personas que sienten que el arte, cuando no le funciona como entretenimiento, es decir, cuando no le gusta, cuando no le logra hacer olvidar el hecho futuro de la ausencia de sí mismo o de sus afectos, entonces es una estafa, y es algo que no vale la pena, casi como una promesa de algo prohibido que después evidentemente no llega, o como un contrato en el que se juega a abolir la ley, pero al final, esa ley en particular siempre vuelve sobre los cuerpos de forma ineludible. Entonces el tipo o tipa del ejemplo va, y tira por la ventana del segundo piso el libro de literatura que le regalaron, sin siquiera haberlo abierto, no sea cosa que por un segundo le saque el papel celofán, lo abra en una página aleatoria y lea algo que esté por ahí, y quede atrapado por siempre en un acertijo, en una de esas cuestiones que se pretenden ingenuas e improductivas, como por ejemplo la pregunta tanguera "¿dónde estaba Dios cuando te fuiste?", o afirmaciones como "todas las cosas y las personas aparecen disfrazadas", y termine por desgarrarse el alma por algo que en principio era simplemente una piedra inadvertida en el zapato. Si bien existen ciertas soluciones y prevenciones para el desgarro de algunos músculos, artilugios de la tecnología como cremas, yesos y férulas, el alma es otro asunto... en principio no habría que abrir libros, ni interpretar otras producciones del discurso que contengan estos riesgos, aunque se presente el dilema de cómo saberlo de antemano. No obstante, pienso que es preferible esta clase de reacciones a otras peores, y que pretenden ser mejores. Mejor que rebolee el libro por la ventana, así queda claro lo que piensa sobre andar indefenso frente a los desgarros del alma. Otros individuos, en cambio, con mucha más astucia -esto hay que concederles- e incluso con cinismo, en lugar del acto de reboleo, eligen tomar el libro, quitarle el celofán y colocarlo descaradamente en sus bibliotecas, y si tienen más de una y el libro es prestigioso, lo colocan en la que primero se vea al ingresar al recinto en el que habiten, y dicen "este es mi próximo en la lista de pendientes", aunque sepan en su foro interno que no lo van a leer nunca. Incluso hay quienes van un paso más lejos en el descaro -a partir de estos hay que empezar a cuidarse- y toman el libro, y lo abren -sin leerlo, por supuesto- y en ciertas páginas doblan las puntas del papel, y con un lápiz señalan frases aleatorias, ponen signos al lado de algunas oraciones, y hasta vuelcan café sutilmente encima, o mate, por qué no, y después dicen que lo leyeron. Y peor aun, existen ciertos seres, carentes ya del más mínimo escrúpulo, que hacen todo lo que hacían los anteriores, pero además se esmeran por hablar sobre sus hallazgos, y reseñar con pompa sus grandilocuentes aprendizajes, aun cuando estos versen sobre la humildad y el desapego como claves para tener una vida mejor. En estos casos, y contra toda predicción, si nos tomásemos unos instantes y nos aproximáramos a sus piedras en el zapato, y consecuentemente a sus almas, las veríamos deambulando, glotonas y sin haber tomado nota del más mínimo desgarro, del más mínimo sinsentido que las habita. Por eso yo prefiero a la primera clase de individuos, que en todo caso no impostan un acercamiento profundo al arte, sino que directamente no la eligen: en su lugar se visten y se van, y se compran un sándwich, o un desfibrilador, y se ponen a estudiar medicina, a organizar su semana, y etcétera.
Es que la literatura, como funcionaria del arte, si bien admite su condición de ser un oficio improductivo, también sabe ser por ejemplo, la expresión del oleaje, seductor y temible al mismo tiempo, visto desde la mirada de la niñez. En otras palabras, una forma de expresar con despojo lo que un francés nombró como asombro ante el mundo. El punto es que dicho asombro es previo a toda pretención de formateo acomodado a, por ejemplo, lo que quien lee espera encontrarse. Así queda claro que lo más importante es lo que desgarra el sentido y el texto esperado. Y esto se pone a prueba por ejemplo con.
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