Roma, Jimena, el Cacerolero y David Bowie
Unos días antes de la fecha estimada de parto, él ya dejaba un bolso con ropa de bebé y artículos de higiene en el auto, para cuando Jimena rompiera bolsa y tuvieran que salir a la clínica. Ya habían hablado con las familias de ambos y aclarado tantos importantes: "no queremos que nos rompan las bolas, nosotros los llamamos para que vengan cuando estemos listos". Adicionalmente, él había llevado una lista de reproducción en su teléfono, para que Jimena la escuchara durante el parto y pudiera relajarse. Querían que fuera perfecto. Ella, por su parte, había elegido los temas: era íntegramente de David Bowie.
La hija se llamaría como la ciudad preferida de los dos: Roma. En realidad, a Jimena también le gustaba Amsterdam, pero era medio un quilombo ponerle así a una piba.
El tiempo se esfumó entre ansiedades y expectativas, y el momento del trabajo de parto llegó. Finalmente estaba por nacer la hija de Jimena y de su novio, alias "el Cacerolero", según los compañeros de la radio en la que ella, al día de hoy, sigue trabajando. Ninguno de los dos lo podía creer, pero estaba sucediendo. Les ilusionaba mucho la idea de que el nacimiento fuera tal y como lo habían planeado. Lo venían imaginando hacía rato, y era la primera vez para ambos.
Entre contracciones, indicaciones de los médicos, y esa bola de carne de tres kilos quinientos, su cuerpo dolía como nunca antes le había dolido. Para mayor precisión le empezó a doler el alma, ahí cuando Roma se disponía para salir. ¿Se le estaría yendo la anestesia? A los psicoanalistas les gusta pensar que el nacimiento es el primer gran trauma del niño o niña, y yo pienso que también debe ser una especie de pérdida, difícil o imposible de poner en palabras, pero definitivamente mutua, y quizás en ese compartir y en ese nuevo porvenir que abre cuando hay un deseo tan fuerte, está lo que colme esa pérdida: una nueva vida, y con ella una nueva vía hacia el amor.
"Está con la cabeza para abajo pero no sale ¿estás bien?" Le dijo a Jimena uno de los médicos. Medio ida, reparó en la canción que uno de los médicos puso con su celular: Under pressure, de Queen con David Bowie. El dato que parece menor, arremete contraintuitivamente con lo dicho al principio: casualmente esa canción, no le gustaba, y había en ese disgusto una pista de otra cosa. Era la única canción en la que participaba Bowie, y que a ella no le gustaba. O también, quizás, no le transmitía lo que las demás.
"Está con la cabeza para abajo pero no sale ¿estás bien?" Le dijo a Jimena uno de los médicos. Medio ida, reparó en la canción que uno de los médicos puso con su celular: Under pressure, de Queen con David Bowie. El dato que parece menor, arremete contraintuitivamente con lo dicho al principio: casualmente esa canción, no le gustaba, y había en ese disgusto una pista de otra cosa. Era la única canción en la que participaba Bowie, y que a ella no le gustaba. O también, quizás, no le transmitía lo que las demás.
"¿Jimena, estás bien?" recordó las palabras del médico. La realidad era que no estaba muy bien, pero eso tampoco era algo inesperado. El dolor se veía en su cara, en sus cejas, en su boca, y además hacía muchísimo frío por el aire acondicionado. A mí, que tengo un cuerpo incapaz de gestar, se me hace imposible imaginar integralmente las sensaciones de Jimena, pero pienso en los chuchos de frío intenso de una gripe fulera y sin abrigo, y me imagino también estando en musculosa en la nieve, tirado en el suelo y quemándome del frío, y ni siquiera sé si me aproximo a eso. Lo pienso y se me eriza la piel de lo maricón que soy.
Y de pronto pasó algo fantástico. Algo que en un principio fue, como mucho, una curiosidad sonora o musical, y que poco después, algún loco como yo bien pudo releer como mensaje. Lo entendí con más claridad un par de años después de haber empezado a escribir este texto. Esa curiosidad, ese encadenamiento de hechos que se pueden ver como casualidad consiste en que, en ese momento, David Bowie les estaba cantando. Sí, a ella, al Cacerolero y a Roma. Podría jurarlo y apostar ahí toda mi fe poética. Escuché de primera mano el relato del parto cuando Jimena lo contó al aire en la radio, y lo escribí, porque me pareció una historia hermosa, y porque me pareció que tenía algo mágico, y ahora lo sé.
Bowie les cantaba a ellos, y les decía en ese preciso momento de frío, y de profesionales de la medicina y de la enfermería alrededor, dándole indicaciones, lo siguiente, prestá atención: si bien el amor es una palabra pasada de moda, te invita a cuidar a quienes están al borde del abismo. Y entre nosotros ¿si no es en el borde, cómo se podría describir a alguien que está con la cabeza a punto de asomar por el vientre de su madre hacia el mundo exterior? y esto es lo primero. También les cantaba algo todavía más importante: el amor te desafía a cambiar la forma que tenemos de cuidarnos a nosotros mismos, porque esta es tu última danza.
"¿Tu última danza?" habrá resonado en la cabeza de Jimena.
Y de pronto pasó algo fantástico. Algo que en un principio fue, como mucho, una curiosidad sonora o musical, y que poco después, algún loco como yo bien pudo releer como mensaje. Lo entendí con más claridad un par de años después de haber empezado a escribir este texto. Esa curiosidad, ese encadenamiento de hechos que se pueden ver como casualidad consiste en que, en ese momento, David Bowie les estaba cantando. Sí, a ella, al Cacerolero y a Roma. Podría jurarlo y apostar ahí toda mi fe poética. Escuché de primera mano el relato del parto cuando Jimena lo contó al aire en la radio, y lo escribí, porque me pareció una historia hermosa, y porque me pareció que tenía algo mágico, y ahora lo sé.
Bowie les cantaba a ellos, y les decía en ese preciso momento de frío, y de profesionales de la medicina y de la enfermería alrededor, dándole indicaciones, lo siguiente, prestá atención: si bien el amor es una palabra pasada de moda, te invita a cuidar a quienes están al borde del abismo. Y entre nosotros ¿si no es en el borde, cómo se podría describir a alguien que está con la cabeza a punto de asomar por el vientre de su madre hacia el mundo exterior? y esto es lo primero. También les cantaba algo todavía más importante: el amor te desafía a cambiar la forma que tenemos de cuidarnos a nosotros mismos, porque esta es tu última danza.
"¿Tu última danza?" habrá resonado en la cabeza de Jimena.
En eso, volvió del dolor que la ensimismaba -aunque sin dejar de sentirlo- y fluyó en ella una idea que, al escucharla por primera vez, me sonó extraña, pero después ya no. Dijo textual: "no puede nacer con Under pressure".
"¿Qué?" le habría dicho el médico, en el caso de que ella hubiera expresado esto, mientras él la miraría extrañado, como solemos hacer las personas frente a lo inesperado, que miramos y decimos "¿Qué?" pero en realidad escuchamos a la perfección, y sólo estamos tratando de ganar tiempo mientras procesamos lo que alguien acaba de decir. Y ahí nomás, de pronto, Under pressure se fue, y empezó a sonar otra canción, que era la de Jimena. Se trataba de Space Oddity, de David Bowie, y hablaba del Mayor Tom, un astronauta que se dirigía a un viaje espacial y se intercambiaba mensajes con la Sala de control antes y durante.
Y a mí, que me gusta mucho la música, me atrae la idea de pensar que Jimena había elegido especialmente esa canción porque para ella había ahí una metáfora, una especie de conexión o algo que le hacía bien y que tenía derecho a elegir. Y por eso se la había pedido a su novio, quien la había agregado a la lista de reproducción, y finalmente llegó al momento del parto. También, me atrae la idea de pensar que ella, que pasó casi todo el tiempo dolorida y también con frío, quizás medio drogui, y siguiendo las indicaciones de los médicos, cuando llegó el momento de la canción con la que no quería que se diera, puso su cuerpo como resistencia frente a la imperfección del momento, hasta que de pronto, se sintonizó con su canción: Space oddity.
Así fue como desde los Controles empezaba la cuenta regresiva del despegue: diez, nueve, ocho, siete, junto con algunas instrucciones hacia el Mayor Tom, y seis, cinco, cuatro, mientras le deseaban además, que el amor de Dios estuviera con él. Creo que no hace falta ser un entendido, para interpretar que lo que de esa manera se deseaba desde los Controles, era el amor más grande en el que se pudiera pensar para afrontar semejante aventura, más allá del aspecto religioso del nombre que se invocaba. Y entonces, tres, dos, uno, y despegue.
Y Jimena entonces se conectó. Como se dan esas conexiones que no requieren de ningún tipo de cable más que la sintonía propia del alma con la música, cuestión fundamental si las hay, y más para ella, que entre otras cosas era DJ. En eso, la Sala de Controles tomó la palabra nuevamente:
"Esta es la sala de control al Mayor Tom,
realmente es todo un éxito,
y los periódicos quieren saber de qué equipo es;
ahora es tiempo de dejar la cápsula, si se atreve"
Ahora es tiempo de dejar la cápsula, si se atreve, resonó en sus cabezas.
Entonces, las cuerdas vocales de Bowie, que viajaron a través del tiempo por medio de artefactos tecnológicos, predijeron el suceso, o invitaron a que sucediera. El milagro de la vida se abrió paso, y en ese preciso momento, Roma asomó su cabeza hacia afuera por primera vez.
A la luz de los hechos, tal vez esa canción bien pueda ser la descripción de un parto. Es una metáfora hermosa, no sólo porque el viaje al espacio encaja de un modo innegablemente poético con el nacimiento, sino también porque lo convierte en una lectura llena de vida. En la canción de Bowie, hacia el final, se advierte desde la Sala de Controles que se ha perdido contacto con el Mayor Tom, y el último mensaje de él es que no hay nada más que puedan hacer; definitivamente el muchacho ha quedado perdido en el espacio exterior. Sin embargo esto, en un sentido metafórico inaugura la vida autónoma en lugar de aniquilarla, porque digámoslo: ¿qué es la vida, sino esa apuesta constante hacia lo desconocido, a partir del momento en el que salimos al mundo exterior?
"¿Qué?" le habría dicho el médico, en el caso de que ella hubiera expresado esto, mientras él la miraría extrañado, como solemos hacer las personas frente a lo inesperado, que miramos y decimos "¿Qué?" pero en realidad escuchamos a la perfección, y sólo estamos tratando de ganar tiempo mientras procesamos lo que alguien acaba de decir. Y ahí nomás, de pronto, Under pressure se fue, y empezó a sonar otra canción, que era la de Jimena. Se trataba de Space Oddity, de David Bowie, y hablaba del Mayor Tom, un astronauta que se dirigía a un viaje espacial y se intercambiaba mensajes con la Sala de control antes y durante.
Y a mí, que me gusta mucho la música, me atrae la idea de pensar que Jimena había elegido especialmente esa canción porque para ella había ahí una metáfora, una especie de conexión o algo que le hacía bien y que tenía derecho a elegir. Y por eso se la había pedido a su novio, quien la había agregado a la lista de reproducción, y finalmente llegó al momento del parto. También, me atrae la idea de pensar que ella, que pasó casi todo el tiempo dolorida y también con frío, quizás medio drogui, y siguiendo las indicaciones de los médicos, cuando llegó el momento de la canción con la que no quería que se diera, puso su cuerpo como resistencia frente a la imperfección del momento, hasta que de pronto, se sintonizó con su canción: Space oddity.
Así fue como desde los Controles empezaba la cuenta regresiva del despegue: diez, nueve, ocho, siete, junto con algunas instrucciones hacia el Mayor Tom, y seis, cinco, cuatro, mientras le deseaban además, que el amor de Dios estuviera con él. Creo que no hace falta ser un entendido, para interpretar que lo que de esa manera se deseaba desde los Controles, era el amor más grande en el que se pudiera pensar para afrontar semejante aventura, más allá del aspecto religioso del nombre que se invocaba. Y entonces, tres, dos, uno, y despegue.
Y Jimena entonces se conectó. Como se dan esas conexiones que no requieren de ningún tipo de cable más que la sintonía propia del alma con la música, cuestión fundamental si las hay, y más para ella, que entre otras cosas era DJ. En eso, la Sala de Controles tomó la palabra nuevamente:
"Esta es la sala de control al Mayor Tom,
realmente es todo un éxito,
y los periódicos quieren saber de qué equipo es;
ahora es tiempo de dejar la cápsula, si se atreve"
Ahora es tiempo de dejar la cápsula, si se atreve, resonó en sus cabezas.
Entonces, las cuerdas vocales de Bowie, que viajaron a través del tiempo por medio de artefactos tecnológicos, predijeron el suceso, o invitaron a que sucediera. El milagro de la vida se abrió paso, y en ese preciso momento, Roma asomó su cabeza hacia afuera por primera vez.
A la luz de los hechos, tal vez esa canción bien pueda ser la descripción de un parto. Es una metáfora hermosa, no sólo porque el viaje al espacio encaja de un modo innegablemente poético con el nacimiento, sino también porque lo convierte en una lectura llena de vida. En la canción de Bowie, hacia el final, se advierte desde la Sala de Controles que se ha perdido contacto con el Mayor Tom, y el último mensaje de él es que no hay nada más que puedan hacer; definitivamente el muchacho ha quedado perdido en el espacio exterior. Sin embargo esto, en un sentido metafórico inaugura la vida autónoma en lugar de aniquilarla, porque digámoslo: ¿qué es la vida, sino esa apuesta constante hacia lo desconocido, a partir del momento en el que salimos al mundo exterior?
Con razón Jimena quería que Roma nazca con esa canción. Con razón quería que fuera en el preciso momento en que el universo escuchase una vez más la historia del Mayor Tom. Tal vez Roma represente, de ahora en más, esa aventura hermosa a lo indómito del deseo, que Jimena y el Cacerolero supieron construir con amor, una palabra pasada de moda, que nos invita a todos a cuidar a los que están al borde del abismo, y nos desafía a cambiar las formas de cuidarnos, porque este es nuestro último baile.
Roma, bienvenida.
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