Benja y los fueguitos
"Hola Joan! ¿Cómo estás?
Recién escuché a Jimena, de Perros de la calle, contando en la radio que escribiste el relato de nacimiento de su hija. Quería consultarte, ya que se acerca el primer cumple de mi hijo, si es algo que solés hacer, y si tenés algún relato para leer. Me gustaría plasmar nuestra historia, que tiene muchos gags en medio, como recuerdo para toda la vida.
Por favor, espero que me respondas y me pases info.
¡Muchas gracias! Saludos, Flor."
Ese mensaje tenía como fecha de envío al martes 16 de julio a las 9 y 36 de la mañana. Dos minutos antes, a las 9 y 34, me había llegado otro mensaje: "te acabo de agradecer el cuento al aire!!", de @jimeblizniuk. Yo leí los mensajes de Jimena y Flor recién al día siguiente, miércoles a las 10 y media de la mañana, y me sorprendí. No me suelen pasar esas cosas. Ni que me nombren al aire, y mucho menos que me ofrezcan escribir un relato. Igual dije que sí, al nivel tal que también pensaba: ¿cómo hará alguien que escribe para decirle que no a una historia? Sencillamente no dice que no, y se pone a trabajar.
Yo había publicado en Instagram un día antes un cuento, sobre el relato de nacimiento de Roma, la hija de Jimena, que está en esta link http://pensaresviajar.blogspot.com/2019/03/roma-jimena-el-cacerolo-y-david-bowie.html.
Así empezó la historia. Primero con algunas idas y venidas, pérdidas de contacto y reapariciones -porque en el medio el marido de Flor, de quien nos iremos enterando más, sale de una operación y recién semanas después sería dado de alta. Y no digo "iremos" como un juego literario, sino que lo digo porque realmente al momento de prologar esta historia, no sé de él más que lo ya dicho. De ella, sólo conozco su tenacidad por obtener la historia, y por que la historia sea una sorpresa para la familia. ¿Su petición? "poner en palabras lindas y guardar nuestro recuerdo plasmado en una hoja".
Al cuento lo llamé Benja y los fueguitos. Y empieza así:
Es curioso, pero lo primero que me acuerdo, es la sensación de haber sido como una idea, una especie de fueguito, cálido y cargado de color, cobijado siempre por dos piedras en fricción, que me irían dando forma. Qué épocas esas, yo me acuerdo que volaba por el aire cuando me nombraban, y me acuerdo que era un sueño, soñado por dos personitas de las que hoy, tengo un montón para decir, porque te cuento, ellas me están enseñando a hablar. Qué calentito que se siente cuando ellas te piensan tan de cerca.
Al principio, en las historias todo es un misterio por revelar, pero ahora, años después de haber nacido, primero como un deseo, y de haber madurado, y de haber nacido de nuevo, ya sé, por ejemplo, que esas piedras por donde todo empezó, tienen nombres. Sí, se llaman Mamá y Papá. Algunos, no sé bien por qué, les dicen "Flor" y "Aro" o "Ariel". A mí me dicen Benja.
Hay cosas que todavía me acuerdo de ese estado primitivo y cálido, de cuando era tan sólo una idea. Si querés te las cuento.
Me acuerdo que cuando Mamá y Papá se conocieron, Mamá automáticamente pensó, Papá va a ser un re papá. Lo decían sus caras a otros nenes en el supermercado, lo decían también sus sonrisas con los hijos de los amigos, y la baba en movimiento cayendo de su boca al nacer su sobrino. Según tengo entendido, también pudo haber algo de baba derramada por Papá el día de mi nacimiento, aunque me parece que no fue por los mismos motivos. Mamá, por su parte, se moría de ganas por conocerme, incluso antes de saber que estaba en camino. Por suerte, entendió a tiempo que era tan importante la intensidad con la que me pensó antes de nacer, como el tiempo compartido después. A veces pienso que ahí está la diferencia entre un hogar y una casa.
Para mí, Mamá y Papá están juntos desde siempre, porque yo todavía no manejo muy bien eso del tiempo, pero sé, por ejemplo, que el día en que se conocieron, Papá le pidió a Mamá el Pin de Blackberry ¿para vos quiere decir algo eso? Si te enterás, avisame. La cosa es que después de ese día empezaron a hablar mucho, y hablaron, y hablaron, y bueno, eso. Parece que al principio, sólo eso. Y de repente, eso no alcanzó, y no alcanzó con las salidas en bicicleta, y con el río, y empezó otra cosa, y de pronto el camión, y pronto los muebles juntos, y también de pronto el vino compartido al volver a casa. A la casa de los dos. Y de pronto, parece que Mamá había estado resfriada, y que un día se empezó a curar, porque después de que yo sobrevolara la casa por un buen tiempo, le preguntó a Papá si iba dejando las pastillas, y Papá, que la cuida mucho, le dijo que sí. Y acá estamos ¿viste?
Un día, Mamá pensó algo que todavía no termino de entender bien, pensó que podía no estar sóla en su cuerpo, y se le contó a la Tía. Entonces la Tía, que es grande, como Mamá, le dijo de jugar un juego, y jugaron las dos. Le dijo, Flor, a que no te lo hacés el 17. O algo así, yo qué sé. Y un día, según Mamá el 17, se comportó de una manera rara, incluso hasta para hacer pis. Llegó medio chivada de hacer gimnasia, a la tardecita, y no quiso tomar vino. Y yo sé, porque esto lo vi mientras sobrevolaba por ahí, que ellos antes tomaban vino a la tardecita, y ese día ella no quiso. No quiso Mamá. Y Mamá tomaba vino. Bueno. Capaz que se había resfriado de nuevo ¿no? Y entonces por eso, por eso debió haber sido que se fue a la farmacia antes de venir a casa ese día. Entonces ahí Mamá le dijo a Papá que lo iba a hacer, y se metió en el baño. Papá ese día había venido con cara de un día entero sin teta, y cuando Mamá le dijo que lo iba a hacer, no se emocionó como ella, al contrario puso una cara de nene que piensa que su globo todavía no está inflado lo suficiente. Y le dijo algo de eso, mi Papá es muy ocurrente. Después se puso en una de las puertas del baño y empezó a hacer caras, y a golpear la puerta, capaz para que Mamá lo escuchara, y le avisara si se había tomado el remedio para el resfrío. Mamá no decía nada. Sólo hacía un ruido bajito, como quien ríe entre dientes. Raro. Entonces Papá entró al baño, y la miró. Mamá tenía un coso largo, blanco, colgando de una mano temblorosa, en un brazo que también temblaba, en el cuerpo de Mamá, que también temblaba, y que además, no paraba de llorar. Y Mamá lo miró a Papá, y le dijo dos palabras: "dio positivo". Y en esa mirada, entre Papá y Mamá fluyó algo único, fluyó un universo entero, y yo lo vi, te juro que lo vi, y de repente empecé a sentir algo que nunca voy a poder explicar, sentí que ese universo era yo, era Benja. ¿Seré yo?
Mamá y Papá empezaron a llorar de una manera en la que nunca pero nunca los había visto, sus cuerpos buscaban un apoyo, porque ahí aprendí que hay emociones que te desbordan el alma y te inundan todo, los brazos, las piernas, la panza, la cabeza. A los dos minutos estaban los dos con mocos y pañuelos por todos lados, seguro resfriados, llorando con caras de ranas. Papá también estaba medio chivado.
Unos días después pasó algo terrible. Mamá estaba bajando botellas por la escalera desde el segundo piso, y se resbaló y se rompió el culo, me contó, y estuvo en el hospital, y tuvieron miedo. Mucho miedo. Resulta que para peor, todavía no hablaban de mí con nadie más. Y esta vez, no sé por qué, los doctores les dijeron que no le podían dar remedios para que tome. Yo los entiendo, estaban solos y asustados ¿a quién no le pasa algo de eso?
Por suerte, al tercer día Mamá arrancó a trabajar de nuevo. Porque obsesiva, dice ella. Al final la primera semana estuvo brava, pero después fue mejor. Como un tobogán.
En esos meses pasó de todo, en un momento incluso casi me llamo Felipe, re loco. Estábamos en un supermercado muy bueno, en el que había un pasillo lleno de chapas luminosas con formas de letras. Entonces Papá y Mamá jugaron un juego, si primero encontraban la B, yo era Benja, y si encontraban primero la F, entonces yo era Felipe. Ah, porque también ya sabían, no sé cómo, que era nene. Se ve que me sacaron una foto o algo. En conclusión, mis papás eligieron mi nombre jugando. Y yo pienso que eso de jugar es algo importante. Hay que tomarse el tiempo para jugar. Siempre.
De pronto un día Mamá dejó de irse de casa, como hacía antes, que se iba a la mañana y volvía a la tarde. En lugar de eso, empezó medio frenéticamente a hacer algo que al parecer era comida, según los grandes. Yo igual no le veo forma de teta, así que no sé bien cómo hacen para comer esas cosas. Dijo que durante dos semanas iba a hacer eso.
Me acuerdo incluso que un día, vinieron unos tipos a trabajar a casa porque nos entraba agua, y Mamá se ve que quiso ejercitarse, porque subimos y bajamos la escalera como veinte mil veces con los señores. Esa noche, en la que yo ya estaba medio hinchado las bolas y venía pateando -porque digámoslo, no había mucho más para hacer ahí adentro- parece que Papá se resfrió -o digo yo que se resfrió- porque en medio de la noche, después de estar un rato despierto y medio molesto, se tomó una pastilla y se durmió, más fuerte que yo, y mirá que eso es un montón. Justo esa noche, los patadones salieron fuertes, al punto que sentí algo raro, algo que nunca había sentido. Como que empezó a entrar un chiflete ¿viste? como lo de la terraza pero al revés digo yo. Así que Mamá fue al baño porque pensó que quería hacer pis, pero al final no. Y ahí todo empezó a tomar otro ritmo ¿cómo te explico? como otra velocidad.
Ahí nomás, Mamá lo empezó a llamar a Papá, que seguía dormido, creo que porque el Sol se ve que no había salido todavía, o por el resfrío, o por el remedio para el resfrío. Entonces Mamá le mandó un Whatsapp a la señora que empezaron a ver poco después de ese día que lloraron y se abrazaron, a lo mejor para contarle del resfrío de Papá, o de la filtración que sentí yo. La señora no respondía. La llamó y tampoco, y terminó hablando con otra. Mamá es persistente. Después nos metimos a bañar y al salir lo vimos a Papá mirando la tele, Estados Unidos desde un dron. Estaba hipnotizado como yo con la teta. Entonces Mamá empezó a retorcerse, y le dijo a Papá que la mire, y que le diga cada cuánto tiempo se retorcía. Papá estaba con la atención dividida entre la retorcida, el resfrío y el dron, que subía y bajaba. Mamá no sabía si reír o llorar. Creo que por las dudas hizo las dos. Llamaron de nuevo a la señora y Mamá se seguía retorciendo por altavoz, y le decía que no podía más ¿para tanto? respondía la voz a través del aparato. Ahí no entendí qué pasó, pero en un momento Papá le responde a la voz, que no tenían un helicóptero para llegar desde Olivos a Santa Fe y Pueyrredón en 20 minutos. ¿Tendría algo que ver con el dron y el programa? Entonces si antes la cosa se puso rápida, ahora fue peor. Mamá se empezó a desesperar y se puso a buscar papeles, no sé para qué, y yo cuando podía aprovechaba y metía algún patadón, por las dudas. En eso Papá se quiso ir a bañar, mientras Mamá se arrastraba para ponerse una calza. Cuando lo logró, Papá se estaba poniendo unas cremas y Mamá lo sacó cagando, basta nos vamos así, dijo.
Sentí el asiento del auto, y por un momento pensé que íbamos a la playa, porque Papá le puso unos anteojos negros a Mamá, que yo sé que los usa ahí, pero creo que al final no fuimos a la playa, porque Mamá se sentía medio mal, pero no sé si tanto, porque de repente Papá sacó una selfie para retratar el momento, y yo sé que hacen eso cuando la están pasando bien en general, aunque acá se reían y al mismo tiempo parecían medio nerviosos. Mamá tenía cara de cólico interminable, y Papá iba como en un coche de carreras, haciendo gestos raros con un pañuelo por la ventanilla, mientras Mamá le contaba que el cuerpo le pedía pujar. Todo a la vez, y yo por las dudas pateando. El viaje fue así de vertiginoso y llegamos: hola mami ¿cómo te llamas? le decían a Mamá, Mamá miraba y hablaba pero para adentro, yo la escuchaba responder, lo juro, pero los demás no la escuchaban, entonces respondía Papá, se llama Florencia, está de 38 semanas. Entonces la suben y la entran, y en eso se encuentran con alguien que tenía la voz igual a la del teléfono.
En un momento estaba Mamá en una sala con una chica, que le hace algo que no sé qué es, y yo siento como si me estuvieran golpeando la puerta, como hizo Papá aquel día cuando Mamá hacía pis en el baño, pero esta vez, la chica salió medio corriendo, y para cuando Mamá le pregunta qué había pasado, ella le dijo te vas ya a la sala de parto. Entonces Papá, que estaba a dos manos con el teléfono, con que vamos a llamar al obstetra para que venga, y a la vez las células madre, y avisarle a la Abuela, y a la Tía, es interrumpido por alguien, que viene y le dice a Papá, yo te diría que vengas, porque está por nacer tu hijo ya. Y entonces Papá, entrando en una ebullición de emociones y nervios y pasillos, avanza interminablemente hasta la sala. Y en la sala Mamá, ahí, sola, en esa habitación hasta entonces desconocida, rodeada de personas desconocidas, en una situación desconocida, con sensaciones desconocidas, con ansiedades y con miedos, y con conversaciones como bueno mami, ahora vas a tener que pujar, y Mamá que falta el obstetra, y que no te preocupes que estamos para ayudarte, y Mamá yo quiero a mi obstetra, sintió de golpe un freno en el tiempo, por un segundo.
En ese segundo, pude sentir con claridad lo que sentía Mamá, había algo que nos unía, tal vez el miedo a lo desconocido, tal vez la sensación de que había algo que estaba a punto de pasar y que lo iba a cambiar todo. Tal vez el vértigo, hermoso, del momento previo a saltar del trampolín y de tirarse al agua, eligiendo mojarse para siempre, y a cada momento. Eligiendo las noches de insomnio previas, las noches de teta, los pañales cagados, y los pises a cualquier hora del día, y las primeras risas, uff, qué lindo que es reírse de lo que sea, y también las primeras caídas y las primeras levantadas, y los besos y los dientes, y los pedos, y las manos chiquitas que abrazan un dedo y se colman, y los llantos para que me miren, y que en esa mirada esté el mundo, mi mundo, que coincide con los mundos de Mamá y Papá, que me los muestran y me los dan en cada una de esas miradas, que me sostienen, como sus brazos generosos, que me muestran el mundo desde arriba, y sus bocas, que me besan y que me nombran las cosas, y que me nombran a mí, a Benja, para que de a poquito me pueda adueñar de esos mundos, sus mundos, nuestros mundos, primero mirando, después tocando, después comiendo, después caminando, y también hablando; tal vez lo que sentimos fue el vértigo de la aventura que estaba a punto de empezar para nunca terminarse, el vértigo del compartir el recorrido por lo desconocido, que se concretaba de la forma más pura, atravesando juntos la primera parada en esta sala, donde de pronto aparece el obstetra, y aparece también Papá, y si bien el miedo no se va, porque el miedo no se va, aparece otra cosa que lo contrarresta, una presencia, tal vez la del amor, que hace que el miedo y las ansiedades se vuelvan un obstáculo superable, y que hace que después de tres horas de aquel momento en el que Mamá pensó que tenía que hacer pis, un jueves 6 de septiembre, yo, Benja, empezara a sentir también algo de ese vértigo, y de ese miedo a lo desconocido, y a esa sala llena, cuando me empecé a asomar desde las piernas de Mamá a este mundo, nuestro mundo, nuevo, luminoso y tan mágico, que de a poquito iré aprendiendo a nombrar, a medida que estas dos personitas, que desde hace tanto tiempo me soñaron, me sigan enseñando a hablar.
Recién escuché a Jimena, de Perros de la calle, contando en la radio que escribiste el relato de nacimiento de su hija. Quería consultarte, ya que se acerca el primer cumple de mi hijo, si es algo que solés hacer, y si tenés algún relato para leer. Me gustaría plasmar nuestra historia, que tiene muchos gags en medio, como recuerdo para toda la vida.
Por favor, espero que me respondas y me pases info.
¡Muchas gracias! Saludos, Flor."
Ese mensaje tenía como fecha de envío al martes 16 de julio a las 9 y 36 de la mañana. Dos minutos antes, a las 9 y 34, me había llegado otro mensaje: "te acabo de agradecer el cuento al aire!!", de @jimeblizniuk. Yo leí los mensajes de Jimena y Flor recién al día siguiente, miércoles a las 10 y media de la mañana, y me sorprendí. No me suelen pasar esas cosas. Ni que me nombren al aire, y mucho menos que me ofrezcan escribir un relato. Igual dije que sí, al nivel tal que también pensaba: ¿cómo hará alguien que escribe para decirle que no a una historia? Sencillamente no dice que no, y se pone a trabajar.
Yo había publicado en Instagram un día antes un cuento, sobre el relato de nacimiento de Roma, la hija de Jimena, que está en esta link http://pensaresviajar.blogspot.com/2019/03/roma-jimena-el-cacerolo-y-david-bowie.html.
Así empezó la historia. Primero con algunas idas y venidas, pérdidas de contacto y reapariciones -porque en el medio el marido de Flor, de quien nos iremos enterando más, sale de una operación y recién semanas después sería dado de alta. Y no digo "iremos" como un juego literario, sino que lo digo porque realmente al momento de prologar esta historia, no sé de él más que lo ya dicho. De ella, sólo conozco su tenacidad por obtener la historia, y por que la historia sea una sorpresa para la familia. ¿Su petición? "poner en palabras lindas y guardar nuestro recuerdo plasmado en una hoja".
Al cuento lo llamé Benja y los fueguitos. Y empieza así:
Es curioso, pero lo primero que me acuerdo, es la sensación de haber sido como una idea, una especie de fueguito, cálido y cargado de color, cobijado siempre por dos piedras en fricción, que me irían dando forma. Qué épocas esas, yo me acuerdo que volaba por el aire cuando me nombraban, y me acuerdo que era un sueño, soñado por dos personitas de las que hoy, tengo un montón para decir, porque te cuento, ellas me están enseñando a hablar. Qué calentito que se siente cuando ellas te piensan tan de cerca.
Al principio, en las historias todo es un misterio por revelar, pero ahora, años después de haber nacido, primero como un deseo, y de haber madurado, y de haber nacido de nuevo, ya sé, por ejemplo, que esas piedras por donde todo empezó, tienen nombres. Sí, se llaman Mamá y Papá. Algunos, no sé bien por qué, les dicen "Flor" y "Aro" o "Ariel". A mí me dicen Benja.
Hay cosas que todavía me acuerdo de ese estado primitivo y cálido, de cuando era tan sólo una idea. Si querés te las cuento.
Me acuerdo que cuando Mamá y Papá se conocieron, Mamá automáticamente pensó, Papá va a ser un re papá. Lo decían sus caras a otros nenes en el supermercado, lo decían también sus sonrisas con los hijos de los amigos, y la baba en movimiento cayendo de su boca al nacer su sobrino. Según tengo entendido, también pudo haber algo de baba derramada por Papá el día de mi nacimiento, aunque me parece que no fue por los mismos motivos. Mamá, por su parte, se moría de ganas por conocerme, incluso antes de saber que estaba en camino. Por suerte, entendió a tiempo que era tan importante la intensidad con la que me pensó antes de nacer, como el tiempo compartido después. A veces pienso que ahí está la diferencia entre un hogar y una casa.
Para mí, Mamá y Papá están juntos desde siempre, porque yo todavía no manejo muy bien eso del tiempo, pero sé, por ejemplo, que el día en que se conocieron, Papá le pidió a Mamá el Pin de Blackberry ¿para vos quiere decir algo eso? Si te enterás, avisame. La cosa es que después de ese día empezaron a hablar mucho, y hablaron, y hablaron, y bueno, eso. Parece que al principio, sólo eso. Y de repente, eso no alcanzó, y no alcanzó con las salidas en bicicleta, y con el río, y empezó otra cosa, y de pronto el camión, y pronto los muebles juntos, y también de pronto el vino compartido al volver a casa. A la casa de los dos. Y de pronto, parece que Mamá había estado resfriada, y que un día se empezó a curar, porque después de que yo sobrevolara la casa por un buen tiempo, le preguntó a Papá si iba dejando las pastillas, y Papá, que la cuida mucho, le dijo que sí. Y acá estamos ¿viste?
Un día, Mamá pensó algo que todavía no termino de entender bien, pensó que podía no estar sóla en su cuerpo, y se le contó a la Tía. Entonces la Tía, que es grande, como Mamá, le dijo de jugar un juego, y jugaron las dos. Le dijo, Flor, a que no te lo hacés el 17. O algo así, yo qué sé. Y un día, según Mamá el 17, se comportó de una manera rara, incluso hasta para hacer pis. Llegó medio chivada de hacer gimnasia, a la tardecita, y no quiso tomar vino. Y yo sé, porque esto lo vi mientras sobrevolaba por ahí, que ellos antes tomaban vino a la tardecita, y ese día ella no quiso. No quiso Mamá. Y Mamá tomaba vino. Bueno. Capaz que se había resfriado de nuevo ¿no? Y entonces por eso, por eso debió haber sido que se fue a la farmacia antes de venir a casa ese día. Entonces ahí Mamá le dijo a Papá que lo iba a hacer, y se metió en el baño. Papá ese día había venido con cara de un día entero sin teta, y cuando Mamá le dijo que lo iba a hacer, no se emocionó como ella, al contrario puso una cara de nene que piensa que su globo todavía no está inflado lo suficiente. Y le dijo algo de eso, mi Papá es muy ocurrente. Después se puso en una de las puertas del baño y empezó a hacer caras, y a golpear la puerta, capaz para que Mamá lo escuchara, y le avisara si se había tomado el remedio para el resfrío. Mamá no decía nada. Sólo hacía un ruido bajito, como quien ríe entre dientes. Raro. Entonces Papá entró al baño, y la miró. Mamá tenía un coso largo, blanco, colgando de una mano temblorosa, en un brazo que también temblaba, en el cuerpo de Mamá, que también temblaba, y que además, no paraba de llorar. Y Mamá lo miró a Papá, y le dijo dos palabras: "dio positivo". Y en esa mirada, entre Papá y Mamá fluyó algo único, fluyó un universo entero, y yo lo vi, te juro que lo vi, y de repente empecé a sentir algo que nunca voy a poder explicar, sentí que ese universo era yo, era Benja. ¿Seré yo?
Mamá y Papá empezaron a llorar de una manera en la que nunca pero nunca los había visto, sus cuerpos buscaban un apoyo, porque ahí aprendí que hay emociones que te desbordan el alma y te inundan todo, los brazos, las piernas, la panza, la cabeza. A los dos minutos estaban los dos con mocos y pañuelos por todos lados, seguro resfriados, llorando con caras de ranas. Papá también estaba medio chivado.
Unos días después pasó algo terrible. Mamá estaba bajando botellas por la escalera desde el segundo piso, y se resbaló y se rompió el culo, me contó, y estuvo en el hospital, y tuvieron miedo. Mucho miedo. Resulta que para peor, todavía no hablaban de mí con nadie más. Y esta vez, no sé por qué, los doctores les dijeron que no le podían dar remedios para que tome. Yo los entiendo, estaban solos y asustados ¿a quién no le pasa algo de eso?
Por suerte, al tercer día Mamá arrancó a trabajar de nuevo. Porque obsesiva, dice ella. Al final la primera semana estuvo brava, pero después fue mejor. Como un tobogán.
En esos meses pasó de todo, en un momento incluso casi me llamo Felipe, re loco. Estábamos en un supermercado muy bueno, en el que había un pasillo lleno de chapas luminosas con formas de letras. Entonces Papá y Mamá jugaron un juego, si primero encontraban la B, yo era Benja, y si encontraban primero la F, entonces yo era Felipe. Ah, porque también ya sabían, no sé cómo, que era nene. Se ve que me sacaron una foto o algo. En conclusión, mis papás eligieron mi nombre jugando. Y yo pienso que eso de jugar es algo importante. Hay que tomarse el tiempo para jugar. Siempre.
De pronto un día Mamá dejó de irse de casa, como hacía antes, que se iba a la mañana y volvía a la tarde. En lugar de eso, empezó medio frenéticamente a hacer algo que al parecer era comida, según los grandes. Yo igual no le veo forma de teta, así que no sé bien cómo hacen para comer esas cosas. Dijo que durante dos semanas iba a hacer eso.
Me acuerdo incluso que un día, vinieron unos tipos a trabajar a casa porque nos entraba agua, y Mamá se ve que quiso ejercitarse, porque subimos y bajamos la escalera como veinte mil veces con los señores. Esa noche, en la que yo ya estaba medio hinchado las bolas y venía pateando -porque digámoslo, no había mucho más para hacer ahí adentro- parece que Papá se resfrió -o digo yo que se resfrió- porque en medio de la noche, después de estar un rato despierto y medio molesto, se tomó una pastilla y se durmió, más fuerte que yo, y mirá que eso es un montón. Justo esa noche, los patadones salieron fuertes, al punto que sentí algo raro, algo que nunca había sentido. Como que empezó a entrar un chiflete ¿viste? como lo de la terraza pero al revés digo yo. Así que Mamá fue al baño porque pensó que quería hacer pis, pero al final no. Y ahí todo empezó a tomar otro ritmo ¿cómo te explico? como otra velocidad.
Ahí nomás, Mamá lo empezó a llamar a Papá, que seguía dormido, creo que porque el Sol se ve que no había salido todavía, o por el resfrío, o por el remedio para el resfrío. Entonces Mamá le mandó un Whatsapp a la señora que empezaron a ver poco después de ese día que lloraron y se abrazaron, a lo mejor para contarle del resfrío de Papá, o de la filtración que sentí yo. La señora no respondía. La llamó y tampoco, y terminó hablando con otra. Mamá es persistente. Después nos metimos a bañar y al salir lo vimos a Papá mirando la tele, Estados Unidos desde un dron. Estaba hipnotizado como yo con la teta. Entonces Mamá empezó a retorcerse, y le dijo a Papá que la mire, y que le diga cada cuánto tiempo se retorcía. Papá estaba con la atención dividida entre la retorcida, el resfrío y el dron, que subía y bajaba. Mamá no sabía si reír o llorar. Creo que por las dudas hizo las dos. Llamaron de nuevo a la señora y Mamá se seguía retorciendo por altavoz, y le decía que no podía más ¿para tanto? respondía la voz a través del aparato. Ahí no entendí qué pasó, pero en un momento Papá le responde a la voz, que no tenían un helicóptero para llegar desde Olivos a Santa Fe y Pueyrredón en 20 minutos. ¿Tendría algo que ver con el dron y el programa? Entonces si antes la cosa se puso rápida, ahora fue peor. Mamá se empezó a desesperar y se puso a buscar papeles, no sé para qué, y yo cuando podía aprovechaba y metía algún patadón, por las dudas. En eso Papá se quiso ir a bañar, mientras Mamá se arrastraba para ponerse una calza. Cuando lo logró, Papá se estaba poniendo unas cremas y Mamá lo sacó cagando, basta nos vamos así, dijo.
Sentí el asiento del auto, y por un momento pensé que íbamos a la playa, porque Papá le puso unos anteojos negros a Mamá, que yo sé que los usa ahí, pero creo que al final no fuimos a la playa, porque Mamá se sentía medio mal, pero no sé si tanto, porque de repente Papá sacó una selfie para retratar el momento, y yo sé que hacen eso cuando la están pasando bien en general, aunque acá se reían y al mismo tiempo parecían medio nerviosos. Mamá tenía cara de cólico interminable, y Papá iba como en un coche de carreras, haciendo gestos raros con un pañuelo por la ventanilla, mientras Mamá le contaba que el cuerpo le pedía pujar. Todo a la vez, y yo por las dudas pateando. El viaje fue así de vertiginoso y llegamos: hola mami ¿cómo te llamas? le decían a Mamá, Mamá miraba y hablaba pero para adentro, yo la escuchaba responder, lo juro, pero los demás no la escuchaban, entonces respondía Papá, se llama Florencia, está de 38 semanas. Entonces la suben y la entran, y en eso se encuentran con alguien que tenía la voz igual a la del teléfono.
En un momento estaba Mamá en una sala con una chica, que le hace algo que no sé qué es, y yo siento como si me estuvieran golpeando la puerta, como hizo Papá aquel día cuando Mamá hacía pis en el baño, pero esta vez, la chica salió medio corriendo, y para cuando Mamá le pregunta qué había pasado, ella le dijo te vas ya a la sala de parto. Entonces Papá, que estaba a dos manos con el teléfono, con que vamos a llamar al obstetra para que venga, y a la vez las células madre, y avisarle a la Abuela, y a la Tía, es interrumpido por alguien, que viene y le dice a Papá, yo te diría que vengas, porque está por nacer tu hijo ya. Y entonces Papá, entrando en una ebullición de emociones y nervios y pasillos, avanza interminablemente hasta la sala. Y en la sala Mamá, ahí, sola, en esa habitación hasta entonces desconocida, rodeada de personas desconocidas, en una situación desconocida, con sensaciones desconocidas, con ansiedades y con miedos, y con conversaciones como bueno mami, ahora vas a tener que pujar, y Mamá que falta el obstetra, y que no te preocupes que estamos para ayudarte, y Mamá yo quiero a mi obstetra, sintió de golpe un freno en el tiempo, por un segundo.
En ese segundo, pude sentir con claridad lo que sentía Mamá, había algo que nos unía, tal vez el miedo a lo desconocido, tal vez la sensación de que había algo que estaba a punto de pasar y que lo iba a cambiar todo. Tal vez el vértigo, hermoso, del momento previo a saltar del trampolín y de tirarse al agua, eligiendo mojarse para siempre, y a cada momento. Eligiendo las noches de insomnio previas, las noches de teta, los pañales cagados, y los pises a cualquier hora del día, y las primeras risas, uff, qué lindo que es reírse de lo que sea, y también las primeras caídas y las primeras levantadas, y los besos y los dientes, y los pedos, y las manos chiquitas que abrazan un dedo y se colman, y los llantos para que me miren, y que en esa mirada esté el mundo, mi mundo, que coincide con los mundos de Mamá y Papá, que me los muestran y me los dan en cada una de esas miradas, que me sostienen, como sus brazos generosos, que me muestran el mundo desde arriba, y sus bocas, que me besan y que me nombran las cosas, y que me nombran a mí, a Benja, para que de a poquito me pueda adueñar de esos mundos, sus mundos, nuestros mundos, primero mirando, después tocando, después comiendo, después caminando, y también hablando; tal vez lo que sentimos fue el vértigo de la aventura que estaba a punto de empezar para nunca terminarse, el vértigo del compartir el recorrido por lo desconocido, que se concretaba de la forma más pura, atravesando juntos la primera parada en esta sala, donde de pronto aparece el obstetra, y aparece también Papá, y si bien el miedo no se va, porque el miedo no se va, aparece otra cosa que lo contrarresta, una presencia, tal vez la del amor, que hace que el miedo y las ansiedades se vuelvan un obstáculo superable, y que hace que después de tres horas de aquel momento en el que Mamá pensó que tenía que hacer pis, un jueves 6 de septiembre, yo, Benja, empezara a sentir también algo de ese vértigo, y de ese miedo a lo desconocido, y a esa sala llena, cuando me empecé a asomar desde las piernas de Mamá a este mundo, nuestro mundo, nuevo, luminoso y tan mágico, que de a poquito iré aprendiendo a nombrar, a medida que estas dos personitas, que desde hace tanto tiempo me soñaron, me sigan enseñando a hablar.
Comentarios
Publicar un comentario