Capítulo II: Una montaña rusa llamada 'el otro'.

- Tenemos que hablar, Sebastián. Dijo la chica del subte, enfurecida y con el convencimiento de que esa iba a ser una de las últimas veces que toleraba algo así.
- ¿Qué te pasa ahora? responde Sebastián.
- Me pidieron plata. Tu mamá y tu hermana me pidieron la plata.
- No les habrá llegado la transferencia, no te preocupes- dice resuelto, y agrega: ya mismo me lo anoto para revisarlo- Y buscando cerrar el tema sigue: - Vení para acá, mirá, vení a la cocina. Son rosas rojas. Decime si no estuve bien, para recomponer las cosas- dice y sonríe, mientras por la nuca le corre frío, y mira al vaso con las rosas que  había preparado.

Sin embargo, contrario al pronóstico de Sebastián, ese ramo de flores hizo estallar a Romina, y como por arte de una termodinámica difícil de explicar, ese mismo frío que él sentía, la empieza a recorrer a ella, que le dice: -hablé con ellas. Me dijeron que nunca les llegó nada de lo que les mandaste, en dos años, nunca. Siempre fue todo lo mismo Seba, un mar de mentiras. Cagás hasta a tu esposa.

Terminó de hablar, tomó el vaso con las flores y el agua y lo apretó fuerte, y lo miró a Sebastián y lo  revoleó contra el piso. Y gritó de furia, y lloró por dentro. Y se fue de la escena porque ya era demasiado para ella. Una vez me lo confesó.

Los sentimientos no se hicieron esperar para ir a buscarla.

La noche siguiente, Romina soñó con el mar, pero hecho de vidrios rotos.

Nadie vio la sangre, pero ahí algo murió.

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