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Mostrando entradas de julio, 2018

Desarraigo

En un cuadro descubrí a la literatura, y en un relato me encontré con un cuadro. Los sueños ¿sueños son? Siempre me dijo que el edificio era oscuro por dentro y por fuera, con pasillos largos y angostos, y pisos, muchos pisos. Que tenía ventanas, pero siempre estuvieron tapeadas, y la única luz era artificial y tenue. Que se respiraba soledad y niñez, que juntas equivalen a orfandad. Aquella construcción fue testigo de terrores nocturnos durante años, sin que nadie viviera ahí. Incluso me consta que un día, veinte años después y viviendo en otra ciudad, desde una ventana anónima y alta, finalmente vio de nuevo la construcción. Se restregó los ojos con las manos y la vio, sin poder creer lo que veía. Era esa, sí o sí. Y la vio, y esta vez, despierto. Y tenía muchos pisos, y un aroma a encierro, que también era a soledad y a niñez, típico de la orfandad, que brotaba como lágrima por su mejilla derecha.

La escritura del que ya no está

En mi paso por la República de la UBA, anexo Psicología, me crucé con criaturas fantásticas y excepcionales. Una de ellas fue Juan Carlos, de cuarenta años, a quien conocí estudiando Teoría y Técnica de grupos III. El tipo era humorista y motoquero, y decía que le encantaba actuar para los demás. Sin embargo a mí, que me tenía algún puñado de confianza, me dijo que lo hacía para ver las caras que la gente ponía cuando él decía lo suyo y caía como gajo de limón en la boca; escribía sus guiones para ver ese punto en el que las personas se incomodaban pero les incomodaba más admitirlo, y eso a él le resultaba delicioso. Yo creo que escribía por un egoísmo del más puro, para que lo quieran de cierta manera. Digo esto porque una vez, antes de irse para siempre, me dejó una nota en donde deslizaba esta cuestión. Así es que de él me quedan, sobre todo, dos recuerdos muy presentes. El primero, de cuando nos hicimos confidentes. Fue entre dos tiempos, primero un lunes de septiembre, y después...