La escritura del que ya no está

En mi paso por la República de la UBA, anexo Psicología, me crucé con criaturas fantásticas y excepcionales. Una de ellas fue Juan Carlos, de cuarenta años, a quien conocí estudiando Teoría y Técnica de grupos III. El tipo era humorista y motoquero, y decía que le encantaba actuar para los demás. Sin embargo a mí, que me tenía algún puñado de confianza, me dijo que lo hacía para ver las caras que la gente ponía cuando él decía lo suyo y caía como gajo de limón en la boca; escribía sus guiones para ver ese punto en el que las personas se incomodaban pero les incomodaba más admitirlo, y eso a él le resultaba delicioso. Yo creo que escribía por un egoísmo del más puro, para que lo quieran de cierta manera. Digo esto porque una vez, antes de irse para siempre, me dejó una nota en donde deslizaba esta cuestión. Así es que de él me quedan, sobre todo, dos recuerdos muy presentes. El primero, de cuando nos hicimos confidentes.

Fue entre dos tiempos, primero un lunes de septiembre, y después el lunes siguiente. Lo tengo muy claro, y eso me fue fundamental para entender el calibre y la valentía de Juanca. Porque primero se trató de una complicidad, de esas que se pueden generar con muchas personas, pero al lunes siguiente fue una admiración basada en cosas que capaz no le importan a nadie.

En la clase de ese primer lunes aprendimos conceptos que nos trastocaron la cabeza. Me acuerdo de uno: la microfísica del poder. Detrás de ese nombre gigante se ocultaba una idea petisa pero potente: las relaciones de poder se dan entre unxs y otrxs a modo de telarañas que se entrecruzan y son difíciles de notar; redes de influencia en donde no hace falta ser militar, gobernante o sacerdote para tener una cuota de autoridad, sino al contrario, cuanto más inadvertido fuera el lugar de quien lo ejerza, más desapercibido pasare. Ese mismo día, en un momento en el que el docente había salido, entraron dos estudiantes: uno hombre y otra mujer. Buscaban dónde sentarse, hasta que uno de mis compañeros le indica a la chica dónde había una silla vacía. Después de ver esto, la amiga de este compañero, que se sentaba al lado suyo, le pregunta algo que sonó más o menos como "¿Por qué le dijiste del lugar a la chica y no al hombre?" y en eso Juan Carlos y yo escuchamos al compañero decir "las damas primero". Ver esa secuencia después de haber escuchado estas ideas bastó para generar la complicidad de las miradas que cruzamos. Y fue así, sin remate, incluso sin palabras. Ese fue el primer lunes.

A la semana siguiente, Juanca nos sorprendió a todos. Se ve que le había pegado fuerte lo del lunes anterior, pero más que eso, el hecho de que él no había dicho nada al respecto durante la situación, y peor aun, que nadie lo hizo. Y por eso el tipo, que además de ser humorista, trabajaba haciendo encomiendas en moto, se apareció por completo vestido de mujer. No lo podíamos creer. Como era verano, tenía una pollera con un boxer abajo, y arriba una remera blanca con algunas líneas violetas, además de los labios pintados de un rojo furioso. A la vez, tenía el casco de la moto en una mano, y en la otra una carterita muy chica, de esas que acá le dicen sobres. Juanca llegó temprano, y vio que el pibe entró al aula. Espero a que se ocuparan todos los lugares, y cuando a los veinte minutos de la clase llegó otro compañero, entró junto con él. Ahora Juanca, vestido de mujer, y otro compañero, que no tenía ni la menor idea de lo que pasaba en esta frecuencia, buscaban dónde sentarse, hasta que Juanca, con los labios ahora más rojos todavía, y una peluca de color rubio platinado lasia y larga, de la que algunos pelos se le metían en la boca a propósito, divisó una silla a lo lejos, y mirándolo al muchacho del episodio le dijo "¿no me vas a ofrecer la silla y decir 'las damas primero', bombón?".
Y yo no sé qué fue primero, si la risa colectiva o el aplauso de todas y todos, iniciado justamente por la chica que había tomado la silla ofrecida por el flaco la otra vez, que después contó que la tomó por no querer contradecirlo y generar mala onda en el curso. Ese era Juanca, y eso que ponía en evidencia era la microfísica del poder.

Pero también, así como tenía su lado gracioso, ácido y crítico en la punta de la lengua, y no tenía el más mínimo temor en exhibirlo, también me dejó ver que se preguntaba cómo vivir. Y ahí viene el segundo recuerdo que tengo de él. La nota que nos dejó, que más que describirla, prefiero copiarla.

Como escritura, soy silencio. Como angustia, soy una lágrima que no cae. Como ser, temo donde no soy. ¿Quién soy? Sólo en los límites se define la cuestión: sólo ante la muerte se sabe si se está o no se está, si se es o no se es. Sin embargo, es un lugar común desfallecer ante los enigmas de la muerte, y no es bien visto quien zozobra en plena llanura.
¿Qué hago con este deseo de deseo? ¿Dónde me lo meto? Pero no se trata de meter, sino de compartir, me digo. Compartir, está bien, pero ¿a dónde? ¿a quién? ¿cómo? ¿cómo no desfallecer en el intento de ser humano, de mostrarse agujereado, inconsistente?
Quizás sea como aquella flor del príncipe: los tigres no son el problema para mí, pero esas brisas en el viento son otra historia. Y entonces ¿dónde está mi biombo?
¿Cómo hago para saber qué hacer con este desgarro del alma, del que sólo me entero frente al espejo y en los intestinos?
¿Cómo se habla? Será que nuestros cuerpos están lejos de ser meros artefactos, y son palabra viva: exigen.


Nada bueno supe de él después de esta nota.

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