Cosa curiosa

Cosa curiosa, a veces se me olvida en qué consiste el proceso de la creatividad, para llegar a alguna historia en la cual se diga algo interesante. Funciona un poco como un órgano reacio, que mira de reojo, y que exige que las palabras sean arrebatadas de a puñados únicamente, digamos, de a tirones más bien parrafescos, a lo sumo, y no de a tirones capitulescos.

Como si hiciera falta a aprender a andar en bicicleta cada vez que te subís. Como si el terremoto que aquejó a Buenos Aires, por haber pasado en Buenos Aires nos hubiera agarrado desprevenidos, que lo hizo, y eso fuera una confirmación de que primero somos de donde somos, y después miramos al mundo, a la especie. Al proceso de creatividad. A la bicicleta indómita cada vez que nos subimos.

Como cuando la pantalla del celular mostró una serie de bits; de luces prendidas, y de apagones, imperceptiblemente placenteros y especialmente dirigidos a aquellas cabezas que la vieran. Bueno, mostró una foto. Pero una donde el suelo todavía no estaba quebrado, ese es el tema, y ese es el valor de la imagen. Todavía, no circulaba la materia que en unos segundos, se apoderaría del espacio, espacio que empezaba a distar, de golpe, entre dos puntos que antes estaban pegados, y de pronto entre cuatro, y entre ocho puntos también, y así en progresión geométrica, hasta desestabilizar todo el suelo, que dejaba de ser suelo de un momento a otro.

Lo que no había era ese vacío. Y la imagen iba a poner de manifiesto que el mundo, antes, no era así. Antes era, en realidad, solo un segundo previo, que estaba lo suficientemente antes del hecho como para representar al estado anterior y no al posterior, del que cualquiera podría tomar conocimiento y evidencia por medios similares al suyo. Un teléfono tal vez, o una cámara de fotos. La tecnología no importa, es el efecto.

La foto formó parte de una serie de derroteros hilvanados mentalmente por su autor en los segundos posteriores, donde le atribuía por ejemplo un destino de fábulas: la foto recorrería el mundo velozmente a través de las redes, y se la consideraría reveladora, por enseñar el punto de apoyo temporal exacto, sobre el cual el vacío se habría hecho lugar para emerger. Ese era el destino más optimista, y guardaba un desenlace provechoso para él, que obtenía el reconocimiento de otros, que no era otra cosa que ser llamado varias veces a la semana por medios de comunicación, para explicar semejante fenómeno, y para que sintiera, en ese acto, que en algún lugar era querido por alguien.

Otro de los destinos avizoraba, en lugar del éxito, la consumación de algo terrorífico, y eso era lo que lo definía. Era la sensación de que el vacío, comenzaba a ocupar el espacio que antes habitaban puntos sólidos, quietos, y fijos. Por lo general, en la forma de suelo y paderes, o paredes, o padres. El destino consistía en el sufrimiento que genera el trastocar de algo por su ausencia, y la espera de las consecuencias. En este caso, la imagen no era vista nunca por nadie. Se quedaría para siempre en el dispositivo que la alojaba, y su registro de bits no sería consumido, ni se sabría de su existencia. El suelo, o más bien la ausencia del suelo, se encargaría de sepultar la toma. Y el desenlace no sería muy distinto para él.

Así como podía visualizarse atravesando las barreras geográficas en cuestión de segundos, y llegando a algo parecido a la gloria, al mismo tiempo sentía clavada en el pecho, la aguja de la espera de lo inevitable, que era la desaparición, una de esas cosas que no son gratuitas.

La espera, que se dejaba ver en la forma de la aguja, dejaba ver algo más. Algo, como una bicicleta indómita. Como un órgano reacio, y también, un poco espantado, por concebir a la posibilidad de nuevas cosas como algo que también puede despedazarse, como esos dos puntos, que en la foto estaban pegados formando el suelo, y ahora ya no.

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