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Mostrando entradas de abril, 2018

Un mail a Hernán Casciari

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Hola Hernán ¿cómo estás? Te escribo mientras veo esta foto en tu página, ahí donde figura tu dirección de mail, así que te imagino con esa cara y en traje. Mi nombre es Joan Manuel, como Serrat, pero soy de Argentina y tengo 27 años. Me decidí a escribirte porque es domingo, son las diez de la mañana y mi novia está durmiendo. Te leo y te escucho desde hace un tiempo en Perros, y fui a verte el año pasado a Siranush. Te escribo porque me pasó algo que para mí es tu culpa, hace muy poco lo confirmé y te lo quiero contar. Escribo con intermitencias desde hace quince años, empecé cuando tenía doce. Es muy loco pero identifico el momento preciso en el que empecé a escribir. Fue la semana del 5 de agosto del 2002. Había escrito un discurso en la primaria para leer en el acto del 17 de agosto sobre San Martín, y desde ese momento recurrí a la escritura para expresarme. Desde ahí, durante muchos años soñé con ser escritor, y durante muchos otros sepulté ese sueño. Poesías, ...

Capítulo I: Una autopista llamada rutina.

Caminando por la estación del subte se dio cuenta de algo que le sacó un poco el aliento. Pero es preciso contar toda la historia. Antes de llegar a la estación, caminó tres cuadras desde la oficina. Estaba yendo a una capacitación sobre Producción de pólizas de seguro, esas cosas que hacen lxs oficinistas. Bajó las escaleras del subte, pasó la tarjeta, bajó más escaleras y caminó por un pasillo hasta llegar al andén. Y ahí la vio. De repente no pudo dejar de percibir una línea punteada. Y era larga, eh. Iba desde la silla en la que había estado sentada por horas en su trabajo, hasta el punto medio entre los dos dedos gordos de sus pies, ahí, a unos metros bajo tierra. Y ella sabía, como quien está al tanto de dónde desembocan los cauces internos al río, o también, como quien simplemente tiene en la carne un presentimiento de para dónde va la cosa, que esa línea se iba a proyectar junto con ella en unos minutos, a través de la ciudad, hasta llegar a donde debía bajarse para hacer la ...

Dolor y temblor

Vino temblor, pero nadie lo invitó. Vino dolor, y se trajo consigo algunos miedos. - Es que no sabían qué hacer y les dije que vengan, me dice el dolor. Pero la verdad es que tampoco lo llamé a él. Hasta que me decidí y les pregunté: -¿Quién les dio vela en este entierro?- Y ellos señalaron al unísono al reloj. Qué atrevido que es el tiempo, que trae a esta casa que no pedí, huéspedes que alguna vez vi de lejos, y que definitivamente no extrañaba.

Sombras

Los nudos en el estómago están hechos de palabras que hay que aprender a desenroscar y enhebrar. Y mi escritura es, siempre, sobre nudos. Por eso a veces me cuesta. A veces también siento algo que me duele muchísimo expresar, y que hasta me da miedo decir porque temo que caiga como rayo sentencioso sobre mi alma para siempre: siento que no merezco la poesía -qué miserable- y que el arte esquiva mis caminos y me tira furibundo en un mar seco. Concretamente, a veces tengo la sensación de que ciertas palabras se apresuran por no salir, como si el mar tuviera la opción de no dejarme bañar en él; como una boya que nunca puede terminar de sumergirse, ni en la tormenta más cabría. Y me digo a mí mismo: - cuánto policía del sentimiento ronda en estas calles. Pero vamos, que ya sé que la poesía está escrita en el alma, y en ese punto no somos más que intermediarios, cuerpos que apalabran para no morir tan pronto. Y sin embargo, las sombras me siguen dando miedo.