Un mail a Hernán Casciari

Hola Hernán ¿cómo estás?

Te escribo mientras veo esta foto en tu página, ahí donde figura tu dirección de mail, así que te imagino con esa cara y en traje.



Mi nombre es Joan Manuel, como Serrat, pero soy de Argentina y tengo 27 años. Me decidí a escribirte porque es domingo, son las diez de la mañana y mi novia está durmiendo. Te leo y te escucho desde hace un tiempo en Perros, y fui a verte el año pasado a Siranush.

Te escribo porque me pasó algo que para mí es tu culpa, hace muy poco lo confirmé y te lo quiero contar.

Escribo con intermitencias desde hace quince años, empecé cuando tenía doce. Es muy loco pero identifico el momento preciso en el que empecé a escribir. Fue la semana del 5 de agosto del 2002. Había escrito un discurso en la primaria para leer en el acto del 17 de agosto sobre San Martín, y desde ese momento recurrí a la escritura para expresarme. Desde ahí, durante muchos años soñé con ser escritor, y durante muchos otros sepulté ese sueño. Poesías, historias, reflexiones, algún que otro ensayo corto, intentos de novelas o libros, después literatura científica por mi profesión, y en general llegaba a eso. 

También me acuerdo del momento exacto en el que dejé a un lado el sueño para otro momento. Fue hace seis años, yo tenía 23, había escrito unas cuantas páginas, cerca de cincuenta, de lo que yo planeaba que fuera una novela potencialmente publicable, o por lo menos tenía ese pensamiento optimista en un principio. 

Era bastante áspera, contaba una historia de trata de personas con fines de explotación sexual. Venía muy embalado con ese proyecto porque me parecía una forma de expresar sentimientos de horror hacia ese mundo, perverso y plagado de violencias, que hoy por hoy por suerte van saliendo a la luz, por lo menos de a poco. Pero de pronto me trabé por unos días, y unas semanas. Y cuando me propuse retomar se colgó mi computadora, y no arrancó más. El único archivo de texto que usaba estaba en ese disco rígido que acababa de romperse. Resumiendo, tuvieron que formatear la computadora y perdí todo. No tenía una copia en un pen drive, no tenía blogspot, y tampoco sé si existía la nube. No la reescribí. Pasó el tiempo, y por lo visto decidí no hacerlo.

Empecé a escribir otras cosas, más cortas. Escribía una vez cada dos meses, después me cebaba y escribía tres veces en un mes, y después pasaban siete y no tenía un párrafo, y eso estaba bien. Ahora escribo más, porque eso no me alcanza. Ahora lo necesito.

A la vez, desde hace más o menos un año y medio te escucho en la radio, y me identifiqué con tu vivencia del bloqueo literario post infarto. Desde ese momento, empecé a sembrar pequeñas dosis de angustia que me alertaban de que algo estaba pasando. Algo malo, porque muchas veces de lo bueno ni te enterás. Estas dosis de angustia, a veces eran como una aguja chiquita, clavada de manera sostenida en el esternón, otras veces eran como una pelota de fútbol en el estómago, y en ocasiones eran como unos ojos, que miran todo el paisaje pero no ven ninguna metáfora. Y creo que vos tuviste que ver en eso, definitivamente. En algún punto creo que tus textos actuaron como incendiario de alguna mecha inconsciente, que en contacto con estímulos del exterior generaron una conexión, una asociación, un link entre ese sueño perdido y la posibilidad de hacer algo con eso, comenzando por sentir esa falta. Para mí también por eso fue que me identifiqué con vos. 

Pero la confirmación de todo este proceso interior es lo importante, y por lo que más te culpo y te escribo. Hace dos semanas tuve un sueño que después me acordé varias veces. Y no es casual que primero te hable de sueños perdidos, dejados de lado, y después de otros sueños, de esos que vivís mientras estás dormido. Hernán, soñé que estaba muerto. Y eso no es todo. El sueño no tenía una ambientación sórdida, ni yo era como un zombie, ni me pasaba nada malo. En realidad iba caminando por un sendero de piedras, muy tranquilo, que estaba dentro de un camping al que iba con mis viejos cuando era chico. En el sueño yo tenía mi apariencia actual, incluso tal vez una un poco mejor, y la secuencia era de lo más común, hasta que de repente aparecías vos, también lo más campante, pero de verdad eras vos, ibas con el pelo con una raya al costado, con bermudas, una remera negra y una camisa celeste arriba. Y yo te decía "Ah, claro, ahora te puedo ver porque estoy muerto ¿cómo andás?".  

Esa mañana me desperté y no entendía nada. Imaginate esto: ¿qué puede haber más impresionante y desestabilizante para una persona, y puntualmente para un psicólogo, que soñar con que está muerto? A mí, además, me impresionó la idea que se desprendía de esto: que tenía que estar muerto para verte.

Los días siguientes me angustié como nunca, y en algún momento confieso que te puteé, como la primera vez que escuché la historia de la pobre señora, que creyó que quien la llamaba era su hijo, del que hace años no tenía noticias, y vos le decías que fuera poniendo el agua para los canelones, que seguramente hizo y se enfriaron, junto con un corazón que lloró, en algún lugar de Mercedes. 

Y después de eso, me di cuenta de algo clave: el simple hecho de que lograste que te puteara por algo que escribiste, y por aparecerte en mi sueño, es un hecho prodigioso, y merece la pena prestarle atención. Se trata de algo definitorio. Ese fue el momento en el que me di cuenta de que tenía dos opciones: o volver a escribir, y a sentir, y a putear y a emocionarme, o bien, seguir muerto.

Espero poder intercambiar con vos alguna vez consejos, para seguir aprendiendo a abrirme paso en el mundo de la literatura, que si bien tiene sus complejidades, está lleno de vida. Gracias por leerme, Hernán. 

Te mando un abrazo.
Joan Manuel

PD: Mandale un gran saludo a tu familia, me encantó lo que me transmitieron todos al actuar.


Comentarios