Capítulo I: Una autopista llamada rutina.

Caminando por la estación del subte se dio cuenta de algo que le sacó un poco el aliento. Pero es preciso contar toda la historia.

Antes de llegar a la estación, caminó tres cuadras desde la oficina. Estaba yendo a una capacitación sobre Producción de pólizas de seguro, esas cosas que hacen lxs oficinistas. Bajó las escaleras del subte, pasó la tarjeta, bajó más escaleras y caminó por un pasillo hasta llegar al andén. Y ahí la vio. De repente no pudo dejar de percibir una línea punteada. Y era larga, eh. Iba desde la silla en la que había estado sentada por horas en su trabajo, hasta el punto medio entre los dos dedos gordos de sus pies, ahí, a unos metros bajo tierra. Y ella sabía, como quien está al tanto de dónde desembocan los cauces internos al río, o también, como quien simplemente tiene en la carne un presentimiento de para dónde va la cosa, que esa línea se iba a proyectar junto con ella en unos minutos, a través de la ciudad, hasta llegar a donde debía bajarse para hacer la combinación con el tren, y la iba a acompañar aun ahí, e incluso hasta la oficina a la que debía llegar, y tal vez después también. En ese momento, ella  ascendería por las escaleras y avanzaría a través de otros pasillos, hasta llegar al andén del tren para llegar a Coghlan. Esa línea era su autopista y se llamaba rutina, y el simple hecho de imaginarla en su cabeza la hacía lo más real del mundo, por lo menos para ella.

Arrancó el subte y no importaba el pibe que iba al lado suyo con el skate, y que venía de patinar un rato en la Plaza de Mayo. Tampoco el tipo de unos treinta y pico, con camisa celeste de esas típicas y con un tatuaje en el cuello que decía "Todo pasa" y que no paraba de mirar el celular. Nada importaba. Y ni hablar de la mujer de cuarenta, flaca, vestida de oficinista, de pelo rubio, tez bronceada y ojos verdes, que iba nerviosa, con mirada apurada y con un sobre en la mano, y que, a propósito, le había gustado. ¿Entendés lo demencial? Le había gustado y no importaba. Y si eso no tenía valor, menos aún contemplar la música que sonaba de fondo, auspiciada por dos jóvenes con guitarras electroacústicas. Ella estaba con sus auriculares y no escuchaba otra cosa que la música de su celular. Es curioso, pero todo eso que sucedía ahí y era real, para ella era menos real que la línea punteada que terminaba en el punto medio exacto entre los dos dedos gordos de sus pies.

El subte llegó a la estación de trasbordo y ella se bajó, caminó por el pasillo, subió un par de escalones, llegó al andén del tren, que justo estaba ahí, así que se subió, encontró un lugar donde quedarse parada, y arrancó. Ya no estaba acompañada por el mismo decorado, si no que la escena había tomado otros colores, otras caras y otros cuerpos, y también otros sonidos, inclusive otros olores y otra altura. Como si el mundo de extras hubiera sido renovado. Pero lo fuerte de todo esto es la palabra "decorado", que aplicaba con la misma fuerza de antes. Sin embargo había algo que no era decorado, sino protagonista: la línea punteada, que estaba ahí, casi tan nítida como la imagen del primer árbol que vio después de operarse la vista de chica.

La cuestión es que descubrió algo que le oscureció la cara, pero no como cuando le ponían corcho en los actos de la escuela para parecer negra. Se le oscureció en un sentido más bien mórbido. Se le oscureció en el sentido de palidecer un poco. Porque resultó ser que cuanto más fuerte y más clara podía ella ver esa línea, ya sea en el subte o en el tren, en un bar o yendo a su casa, menos atrevidas eran sus ideas. Cuanto más presente estaba esa autopista que se llamaba rutina, cada vez notaba menos la diferencia entre otoño e invierno, entre cumplir y vivir, entre ayer y hoy. Y una mujer o un hombre que no puede distinguir esto, o que no tiene ideas atrevidas, es lo que en lenguaje vulgar llamamos un burócrata.

Así que se bajó del tren junto con su línea punteada y ahora los lagrimales húmedos, cruzó la calle y pensó: qué lindo hubiera sido que la autopista colisione, e ir apurada al correo y mandar el telegrama de renuncia; comprarme un skate y salir a andar; hacerme un tatuaje y tocar la guitarra en las estaciones de subte. Qué lindo sería volver a mirar un árbol con esos ojos, con los ojos que miran a algo que no es simplemente una repetición. Lo pensó, pero apuró el paso, porque si no llegaba tarde, así que entró al edificio, subió al ascensor, saludó a dos personas a lo lejos, entró a una sala, se sentó, tomó un vaso de agua, sacó un cuaderno y anotó, con muy buena caligrafía: "Normativas para la producción de pólizas de seguro - 2018", y al lado, dibujó un arbolito, cuya ubicación en la hoja coincidía verticalmente con el punto medio exacto entre los dos dedos gordos de sus pies, donde aún se dejaba ver, como en negrita, la línea punteada, su autopista llamada rutina.

Comentarios