Avioncito de papel
*Interpretación de Primera entrega Papier d'appel
Ruben caminaba cabizbajo, caminaba despacio. Surcaba hacia unas cuadras los límites de Boedo y San Cristobal. No estaba en sintonía consigo mismo: las partes de su cuerpo no brillaban, más bien cada una vibraba a un compás distinto, tempos desalineados, y la mirada perdida.
Llegó a una esquina, giró a la izquierda y siguió hasta llegar al umbral. Una vez ahí, se sentó en el escalón de la puerta de entrada. Se miraba los pies y pensaba "la soledad es estar sentado en el umbral mirándose los pies".
Sin embargo, no estaba solo: ella había estado ahí todo el tiempo, como un avioncito de papel que quedó aterrizado en el suelo sin que nadie lo levante. Cuando la vio, se aferró a ella como si hubiera alguna chance de que se hicieran uno con el contacto. Y en algún lugar, por un momento, esa fantasía se dibujó en la realidad con tinta invisible. Fue sólo cuestión de un segundo para que la postura y la mirada de Ruben cambiaran: su cuerpo seguía sin sintonizar, pero con su torpeza y todo, la apretujaba con vivacidad; y su mirada ya no miraba sus pies, miraba la tinta invisible, que cuanto más apretaba, más se intensificaba. Y así se quedó por un tiempo, difícil determinar cuánto.
De pronto, la tinta invisible empezó a tomar color, y aquella superficie abstracta, tomó porosidad. Su pigmentación sugería que ese avioncito de papel efectivamente se había vuelto realidad, y que él y Ruben eran dos cuerpos distintos.
Tan pronto como Ruben se dio cuenta de esto, rompió en pedazos aquel papel, se puso de pie y volvió a emprender su caminata, con la cabeza baja, despacio, y siguiendo el ritmo de sus pies con la mirada.
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