Entradas

¿Y cuál es el mío? o, Acerca de una experiencia analítica

Tiempo de reír. Tiempo de arriesgar. Tiempo de callar. Tiempo de cargar. Tiempo de ver, y de escuchar. Tiempo de tomarse un tiempo. Tiempo de volver. Tiempo de devolver. Tiempo de dar. Tiempo de esperar. Tiempo de contestar. Tiempo de pensar. Tiempo de actuar. Tiempo de concentrar. Tiempo de desbandar. Tiempo de hablar. Tiempo de identificar. Tiempo de divisar. Tiempo de atravesar. Tiempo de recorrer. Tiempo de acortar distancias. Tiempo de caminar. Tiempo de mirar hacia atrás. Tiempo de hablar. Tiempo de sacar conclusiones. Tiempo de escuchar. Tiempo de mirarse al espejo. Tiempo de colocarse unos pasos más acá. Tiempo de mirar al otrx. Tiempo de escuchar, de nuevo. Tiempo de hablar. ¿Acaso alguien nos definió cuándo es el tiempo para todo esto?¿Cuál es el tuyo? Tiempo de odiar; tiempo de llorar. Tiempo de lamentarse y de empezar. Tiempo de olvidar. Tiempo de retomar. Tiempo de conceder. Tiempo de desencontrarse y de nadar. Tiempo de remar. Tiempo de cerrar. Tiempo de consensua...

Audio para un amigo

Recién me acordé de vos, che ¿Cómo andás? Estaba viendo los camiones, los tractores frenados, el verde que va tomando el paisaje, el pasto, mucho pasto, medio amarillo por partes, y con yuyos, y algún resto de tren, cada tanto, por ahí. Me acordé de vos porque sé que te gustaría todo esto. Hace rato no salís de la ciudad, y estas cosas te llenan el tanque. Los cipreses, los álamos, algún caballito por ahí, comiendo pasto. Cuánto pasto que hay, no sabés. Tanto que todo el pasto parece un sólo pasto, tanto yuyo un sólo yuyo, y así. Veo todo esto, y no entiendo cómo fue que nos dimos cuenta de semejante cosa. Cómo pudimos ver que podíamos llevar un pedazo de tierra en las manos, y en la tierra un yuyo, y que siga creciendo y respirando, y tomando agua, y viviendo. O bueno, tal vez en una maceta, que es más práctico, pero el punto persiste, y en todo caso se acrecienta, porque ya ni siquiera necesitamos las manos para sostenerlo y llevarlo y dejarlo en nuestra tierra. Que igual, yo no ...

Abandonada a sí misma

Catorce sillas había en aquel lugar. Por decisión de los rayos del sol se las podía ver únicamente a contraluz, dificultándose distinguir más allá de sus contornos y espesores. Entre todas, una llamaba la atención por motivos aún poco claros. Era de madera, se la veía firme. Conservaba en su tridimensionalidad las características de casi toda silla. Cuatro patas dispuestas por pares a cada lado y conectadas entre sí por un asiento, que desbordaba moderadamente unos centímetros hacia los costados y se veía espeso, como con ancho propio. Otorgaba la sensación de buen asiento y confiable. Ni bien se terminaba de divisar esto, empezaba el respaldo. Si bien en su nacimiento este no abarcaba todo el largo del desborde del asiento, en su desarrollo hacia arriba dejaba ver, en la parte superior, un arco que lo completaba y daba una sensación de armonía respecto de la ubicación de las patas, y con la idea amplia de la silla. No obstante, vista de frente dejaba ver un detalle mínimo, pero que t...

Desarraigo

En un cuadro descubrí a la literatura, y en un relato me encontré con un cuadro. Los sueños ¿sueños son? Siempre me dijo que el edificio era oscuro por dentro y por fuera, con pasillos largos y angostos, y pisos, muchos pisos. Que tenía ventanas, pero siempre estuvieron tapeadas, y la única luz era artificial y tenue. Que se respiraba soledad y niñez, que juntas equivalen a orfandad. Aquella construcción fue testigo de terrores nocturnos durante años, sin que nadie viviera ahí. Incluso me consta que un día, veinte años después y viviendo en otra ciudad, desde una ventana anónima y alta, finalmente vio de nuevo la construcción. Se restregó los ojos con las manos y la vio, sin poder creer lo que veía. Era esa, sí o sí. Y la vio, y esta vez, despierto. Y tenía muchos pisos, y un aroma a encierro, que también era a soledad y a niñez, típico de la orfandad, que brotaba como lágrima por su mejilla derecha.

La escritura del que ya no está

En mi paso por la República de la UBA, anexo Psicología, me crucé con criaturas fantásticas y excepcionales. Una de ellas fue Juan Carlos, de cuarenta años, a quien conocí estudiando Teoría y Técnica de grupos III. El tipo era humorista y motoquero, y decía que le encantaba actuar para los demás. Sin embargo a mí, que me tenía algún puñado de confianza, me dijo que lo hacía para ver las caras que la gente ponía cuando él decía lo suyo y caía como gajo de limón en la boca; escribía sus guiones para ver ese punto en el que las personas se incomodaban pero les incomodaba más admitirlo, y eso a él le resultaba delicioso. Yo creo que escribía por un egoísmo del más puro, para que lo quieran de cierta manera. Digo esto porque una vez, antes de irse para siempre, me dejó una nota en donde deslizaba esta cuestión. Así es que de él me quedan, sobre todo, dos recuerdos muy presentes. El primero, de cuando nos hicimos confidentes. Fue entre dos tiempos, primero un lunes de septiembre, y después...

Unos dulces

La tarde venía mansa. Los mates calientes dibujaban en el aire humeante y hacían combo con la lluvia, que a borbotones chocaba contra el ventanal exigiendo su derecho a entrar a la casa. El tercer mate para Damián vino acompañado de una sensación y de un periplo. Es curioso, porque únicamente en este mate, Damián derramó sin querer una cantidad excesiva de azúcar. Así fue cómo la yerba con el paso de las aguas calientes, desprendiera alcaloides que viajaran directamente a los neurotransmisores del sistema límbico, que a su vez tuviera una carga emocional pendiente de descarga, y al que por medio de este efecto le diera el empujón eléctrico que faltara para activar la sensación. En ese mate Damián, que era un tipo ansioso, cerró los ojos y se acordó de que estaba vivo, y se vio afectado por una sensación profusa, abundante, que le tomó un tiempo poner en palabras. Una frase se posó en su cabeza, pero no como una mariposa sino como una mosca de fruta. Como un aleteo que se sentía rui...

Capítulo III: ¿Dónde me fui?

Lo que Romina realmente quería decir es que a veces ella no existía. No porque desapareciera, sino porque eso que la solía definir, de pronto se iba sin preguntar, se esfumaba. Y eso le parecía algo especialmente fastidioso, porque en esos momentos, cuanto más se esmeraba por ser ella, más se frustraba en el intento. Eso le pasaba azarosamente en distintas situaciones: en el trabajo, por ejemplo, el viernes pasado, cuando su jefe le pidió una tarea y le dijo: -"Romi, necesito esto, es para ayer", a ella le costó no un Perú, sino una América del Sur entera invocar a ese ímpetu que la caracterizó por años; se esfumaba, no quería. También le pasó con el baile, porque Romina bailó muchos años: de pronto quiso armar una coreografía, pero olvidó para qué, y no lo entendía, porque ¿quién es Romina, sin el baile, sin el trabajo? A tal punto que llegó a una reflexión que le generó una sensación extraña: - ¿Será que "Romina" es más bien un concepto? Pausa. ¿Cómo que un c...