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Mostrando entradas de 2018

¿Y cuál es el mío? o, Acerca de una experiencia analítica

Tiempo de reír. Tiempo de arriesgar. Tiempo de callar. Tiempo de cargar. Tiempo de ver, y de escuchar. Tiempo de tomarse un tiempo. Tiempo de volver. Tiempo de devolver. Tiempo de dar. Tiempo de esperar. Tiempo de contestar. Tiempo de pensar. Tiempo de actuar. Tiempo de concentrar. Tiempo de desbandar. Tiempo de hablar. Tiempo de identificar. Tiempo de divisar. Tiempo de atravesar. Tiempo de recorrer. Tiempo de acortar distancias. Tiempo de caminar. Tiempo de mirar hacia atrás. Tiempo de hablar. Tiempo de sacar conclusiones. Tiempo de escuchar. Tiempo de mirarse al espejo. Tiempo de colocarse unos pasos más acá. Tiempo de mirar al otrx. Tiempo de escuchar, de nuevo. Tiempo de hablar. ¿Acaso alguien nos definió cuándo es el tiempo para todo esto?¿Cuál es el tuyo? Tiempo de odiar; tiempo de llorar. Tiempo de lamentarse y de empezar. Tiempo de olvidar. Tiempo de retomar. Tiempo de conceder. Tiempo de desencontrarse y de nadar. Tiempo de remar. Tiempo de cerrar. Tiempo de consensua...

Audio para un amigo

Recién me acordé de vos, che ¿Cómo andás? Estaba viendo los camiones, los tractores frenados, el verde que va tomando el paisaje, el pasto, mucho pasto, medio amarillo por partes, y con yuyos, y algún resto de tren, cada tanto, por ahí. Me acordé de vos porque sé que te gustaría todo esto. Hace rato no salís de la ciudad, y estas cosas te llenan el tanque. Los cipreses, los álamos, algún caballito por ahí, comiendo pasto. Cuánto pasto que hay, no sabés. Tanto que todo el pasto parece un sólo pasto, tanto yuyo un sólo yuyo, y así. Veo todo esto, y no entiendo cómo fue que nos dimos cuenta de semejante cosa. Cómo pudimos ver que podíamos llevar un pedazo de tierra en las manos, y en la tierra un yuyo, y que siga creciendo y respirando, y tomando agua, y viviendo. O bueno, tal vez en una maceta, que es más práctico, pero el punto persiste, y en todo caso se acrecienta, porque ya ni siquiera necesitamos las manos para sostenerlo y llevarlo y dejarlo en nuestra tierra. Que igual, yo no ...

Abandonada a sí misma

Catorce sillas había en aquel lugar. Por decisión de los rayos del sol se las podía ver únicamente a contraluz, dificultándose distinguir más allá de sus contornos y espesores. Entre todas, una llamaba la atención por motivos aún poco claros. Era de madera, se la veía firme. Conservaba en su tridimensionalidad las características de casi toda silla. Cuatro patas dispuestas por pares a cada lado y conectadas entre sí por un asiento, que desbordaba moderadamente unos centímetros hacia los costados y se veía espeso, como con ancho propio. Otorgaba la sensación de buen asiento y confiable. Ni bien se terminaba de divisar esto, empezaba el respaldo. Si bien en su nacimiento este no abarcaba todo el largo del desborde del asiento, en su desarrollo hacia arriba dejaba ver, en la parte superior, un arco que lo completaba y daba una sensación de armonía respecto de la ubicación de las patas, y con la idea amplia de la silla. No obstante, vista de frente dejaba ver un detalle mínimo, pero que t...

Desarraigo

En un cuadro descubrí a la literatura, y en un relato me encontré con un cuadro. Los sueños ¿sueños son? Siempre me dijo que el edificio era oscuro por dentro y por fuera, con pasillos largos y angostos, y pisos, muchos pisos. Que tenía ventanas, pero siempre estuvieron tapeadas, y la única luz era artificial y tenue. Que se respiraba soledad y niñez, que juntas equivalen a orfandad. Aquella construcción fue testigo de terrores nocturnos durante años, sin que nadie viviera ahí. Incluso me consta que un día, veinte años después y viviendo en otra ciudad, desde una ventana anónima y alta, finalmente vio de nuevo la construcción. Se restregó los ojos con las manos y la vio, sin poder creer lo que veía. Era esa, sí o sí. Y la vio, y esta vez, despierto. Y tenía muchos pisos, y un aroma a encierro, que también era a soledad y a niñez, típico de la orfandad, que brotaba como lágrima por su mejilla derecha.

La escritura del que ya no está

En mi paso por la República de la UBA, anexo Psicología, me crucé con criaturas fantásticas y excepcionales. Una de ellas fue Juan Carlos, de cuarenta años, a quien conocí estudiando Teoría y Técnica de grupos III. El tipo era humorista y motoquero, y decía que le encantaba actuar para los demás. Sin embargo a mí, que me tenía algún puñado de confianza, me dijo que lo hacía para ver las caras que la gente ponía cuando él decía lo suyo y caía como gajo de limón en la boca; escribía sus guiones para ver ese punto en el que las personas se incomodaban pero les incomodaba más admitirlo, y eso a él le resultaba delicioso. Yo creo que escribía por un egoísmo del más puro, para que lo quieran de cierta manera. Digo esto porque una vez, antes de irse para siempre, me dejó una nota en donde deslizaba esta cuestión. Así es que de él me quedan, sobre todo, dos recuerdos muy presentes. El primero, de cuando nos hicimos confidentes. Fue entre dos tiempos, primero un lunes de septiembre, y después...

Unos dulces

La tarde venía mansa. Los mates calientes dibujaban en el aire humeante y hacían combo con la lluvia, que a borbotones chocaba contra el ventanal exigiendo su derecho a entrar a la casa. El tercer mate para Damián vino acompañado de una sensación y de un periplo. Es curioso, porque únicamente en este mate, Damián derramó sin querer una cantidad excesiva de azúcar. Así fue cómo la yerba con el paso de las aguas calientes, desprendiera alcaloides que viajaran directamente a los neurotransmisores del sistema límbico, que a su vez tuviera una carga emocional pendiente de descarga, y al que por medio de este efecto le diera el empujón eléctrico que faltara para activar la sensación. En ese mate Damián, que era un tipo ansioso, cerró los ojos y se acordó de que estaba vivo, y se vio afectado por una sensación profusa, abundante, que le tomó un tiempo poner en palabras. Una frase se posó en su cabeza, pero no como una mariposa sino como una mosca de fruta. Como un aleteo que se sentía rui...

Capítulo III: ¿Dónde me fui?

Lo que Romina realmente quería decir es que a veces ella no existía. No porque desapareciera, sino porque eso que la solía definir, de pronto se iba sin preguntar, se esfumaba. Y eso le parecía algo especialmente fastidioso, porque en esos momentos, cuanto más se esmeraba por ser ella, más se frustraba en el intento. Eso le pasaba azarosamente en distintas situaciones: en el trabajo, por ejemplo, el viernes pasado, cuando su jefe le pidió una tarea y le dijo: -"Romi, necesito esto, es para ayer", a ella le costó no un Perú, sino una América del Sur entera invocar a ese ímpetu que la caracterizó por años; se esfumaba, no quería. También le pasó con el baile, porque Romina bailó muchos años: de pronto quiso armar una coreografía, pero olvidó para qué, y no lo entendía, porque ¿quién es Romina, sin el baile, sin el trabajo? A tal punto que llegó a una reflexión que le generó una sensación extraña: - ¿Será que "Romina" es más bien un concepto? Pausa. ¿Cómo que un c...

Capítulo II: Una montaña rusa llamada 'el otro'.

- Tenemos que hablar, Sebastián. Dijo la chica del subte, enfurecida y con el convencimiento de que esa iba a ser una de las últimas veces que toleraba algo así. - ¿Qué te pasa ahora? responde Sebastián. - Me pidieron plata. Tu mamá y tu hermana me pidieron la plata. - No les habrá llegado la transferencia, no te preocupes- dice resuelto, y agrega: ya mismo me lo anoto para revisarlo- Y buscando cerrar el tema sigue: - Vení para acá, mirá, vení a la cocina. Son rosas rojas. Decime si no estuve bien, para recomponer las cosas- dice y sonríe, mientras por la nuca le corre frío, y mira al vaso con las rosas que  había preparado. Sin embargo, contrario al pronóstico de Sebastián, ese ramo de flores hizo estallar a Romina, y como por arte de una termodinámica difícil de explicar, ese mismo frío que él sentía, la empieza a recorrer a ella, que le dice: -hablé con ellas. Me dijeron que nunca les llegó nada de lo que les mandaste, en dos años, nunca. Siempre fue todo lo mismo Seba, un...

Un mail a Hernán Casciari

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Hola Hernán ¿cómo estás? Te escribo mientras veo esta foto en tu página, ahí donde figura tu dirección de mail, así que te imagino con esa cara y en traje. Mi nombre es Joan Manuel, como Serrat, pero soy de Argentina y tengo 27 años. Me decidí a escribirte porque es domingo, son las diez de la mañana y mi novia está durmiendo. Te leo y te escucho desde hace un tiempo en Perros, y fui a verte el año pasado a Siranush. Te escribo porque me pasó algo que para mí es tu culpa, hace muy poco lo confirmé y te lo quiero contar. Escribo con intermitencias desde hace quince años, empecé cuando tenía doce. Es muy loco pero identifico el momento preciso en el que empecé a escribir. Fue la semana del 5 de agosto del 2002. Había escrito un discurso en la primaria para leer en el acto del 17 de agosto sobre San Martín, y desde ese momento recurrí a la escritura para expresarme. Desde ahí, durante muchos años soñé con ser escritor, y durante muchos otros sepulté ese sueño. Poesías, ...

Capítulo I: Una autopista llamada rutina.

Caminando por la estación del subte se dio cuenta de algo que le sacó un poco el aliento. Pero es preciso contar toda la historia. Antes de llegar a la estación, caminó tres cuadras desde la oficina. Estaba yendo a una capacitación sobre Producción de pólizas de seguro, esas cosas que hacen lxs oficinistas. Bajó las escaleras del subte, pasó la tarjeta, bajó más escaleras y caminó por un pasillo hasta llegar al andén. Y ahí la vio. De repente no pudo dejar de percibir una línea punteada. Y era larga, eh. Iba desde la silla en la que había estado sentada por horas en su trabajo, hasta el punto medio entre los dos dedos gordos de sus pies, ahí, a unos metros bajo tierra. Y ella sabía, como quien está al tanto de dónde desembocan los cauces internos al río, o también, como quien simplemente tiene en la carne un presentimiento de para dónde va la cosa, que esa línea se iba a proyectar junto con ella en unos minutos, a través de la ciudad, hasta llegar a donde debía bajarse para hacer la ...

Dolor y temblor

Vino temblor, pero nadie lo invitó. Vino dolor, y se trajo consigo algunos miedos. - Es que no sabían qué hacer y les dije que vengan, me dice el dolor. Pero la verdad es que tampoco lo llamé a él. Hasta que me decidí y les pregunté: -¿Quién les dio vela en este entierro?- Y ellos señalaron al unísono al reloj. Qué atrevido que es el tiempo, que trae a esta casa que no pedí, huéspedes que alguna vez vi de lejos, y que definitivamente no extrañaba.

Sombras

Los nudos en el estómago están hechos de palabras que hay que aprender a desenroscar y enhebrar. Y mi escritura es, siempre, sobre nudos. Por eso a veces me cuesta. A veces también siento algo que me duele muchísimo expresar, y que hasta me da miedo decir porque temo que caiga como rayo sentencioso sobre mi alma para siempre: siento que no merezco la poesía -qué miserable- y que el arte esquiva mis caminos y me tira furibundo en un mar seco. Concretamente, a veces tengo la sensación de que ciertas palabras se apresuran por no salir, como si el mar tuviera la opción de no dejarme bañar en él; como una boya que nunca puede terminar de sumergirse, ni en la tormenta más cabría. Y me digo a mí mismo: - cuánto policía del sentimiento ronda en estas calles. Pero vamos, que ya sé que la poesía está escrita en el alma, y en ese punto no somos más que intermediarios, cuerpos que apalabran para no morir tan pronto. Y sin embargo, las sombras me siguen dando miedo.

Esperar lo inesperado

* Interpretación de  Attendre l'inattendu . Esperó mucho tiempo para verla. Muchos dicen que fueron más de cien vidas lo que demoró el hallazgo. Tal vez fueron más, infinitamente más. Para mí, basta con sintetizarlo como una eternidad que de pronto se sintió efímera. El hecho es que abordó el tema durante mucho tiempo con templanza, tesón y valentía hasta que todo estuvo listo. Semejante acontecimiento no era para menos, aunque para ser justos, no era la primera vez que a través de un microscopio se gestaba una revolución. Cuando uno tiene un objetivo de este tipo, es fundamental darle tiempo para que madure, pues nada se logra de la noche a la mañana. Más bien a veces lleva muchas noches y muchas mañanas, y la tiranía del tiempo radica, entre otras cosas, en que a pesar de que no existe, se hace esperar. Y por eso esperó, esperó y de alguna manera preparó el terreno para que todo se diera de la forma más especial. Aquella investigadora había estudiado por más de cua...

Avioncito de papel II

* Interpretación de  Segunda entrega Papier d'appel Lo cansado que podía llegar a estar tu antifaz por las noches reflejaba el miedo de tu espíritu a andar desnuda de día. Todavía recuerdo cuando me lo dijiste en sueños. Eras negra, y sostenías el antifaz blanco de lo que no eras. Cuando abrías los ojos, el antifaz los cerraba, y tus ojos, no sé por qué, me miraban a mí. Y permanecías así, negra, con ojos blancos y rodeada de azul. Cuando descansabas la mirada y cerrabas los ojos, el antifaz los abría. Pero la mirada del antifaz era otra cosa. Contrastaba con la serenidad de tus ojos cerrados.Y al yo ser visto por esos ojos, ustedes -el antifaz y vos- me hacían partícipe de una escena que no entendía, y que al día de hoy se me sigue apareciendo en parte como un enigma. Fue tal la impresión que me generó esa escena que cuando me desperté, salí a caminar por horas, cabizbajo, fuera del tiempo y a ningún lado. Pero eso no es todo, porque cuando agoté mis ideas para entenderte y ...

Avioncito de papel

*Interpretación de    Primera entrega Papier d'appel Ruben caminaba cabizbajo, caminaba despacio. Surcaba hacia unas cuadras los límites de Boedo y San Cristobal. No estaba en sintonía consigo mismo: las partes de su cuerpo no brillaban, más bien cada una vibraba a un compás distinto, tempos desalineados, y la mirada perdida. Llegó a una esquina, giró a la izquierda y siguió hasta llegar al umbral. Una vez ahí, se sentó en el escalón de la puerta de entrada. Se miraba los pies y pensaba "la soledad es estar sentado en el umbral mirándose los pies". Sin embargo, no estaba solo: ella había estado ahí todo el tiempo, como un avioncito de papel que quedó aterrizado en el suelo sin que nadie lo levante. Cuando la vio, se aferró a ella como si hubiera alguna chance de que se hicieran uno con el contacto. Y en algún lugar, por un momento, esa fantasía se dibujó en la realidad con tinta invisible. Fue sólo cuestión de un segundo para que la postura y la mirada de Ruben camb...